domingo, 27 de diciembre de 2015

Reconocimientos para este periodismo alternativo

Un trabajo de Fisuras de la calle, premiado por la UNSJ


En diciembre una entrevista del programa surgido de este blog, emitido en AM 1020, obtuvo el tercer premio en la categoría radio en el “Concurso Anual de Trabajos Periodísticos – Premio Universidad Nacional de San Juan”. Antes, en el 2011 diario Clarín llegó hasta San Juan para conocer una historia que leyeron en esta web. En el año 2013, una profesora de Letras empezó a utilizar textos publicados en este sitio para trabajar con los alumnos de la escuela Pestalozzi de Chimbas.

Este proyecto que comenzó con el blog a principios del 2011 (estuvo más de un año subido al sitio web de Sanjuan8) y que llegó a la radio en el 2014 tiene desde sus comienzos una propuesta alternativa de periodismo. La premisa es contar historias de sanjuaninos que se destaquen o no, de la ciencia o de la calle, de los que se esforzaron para saltar de los márgenes y los que se quedaron atrapados en esos abismos. Pretende un periodismo más humano, más cerca de los que habitualmente están tan lejos de los medios.


Con esa propuesta “Fisuras de la calle” tuvo algunos pequeños logros y quiero compartirlos con ustedes, los lectores que le dan forma a este sueño que se va cumpliendo. El lunes 14 de diciembre de este año el trabajo “De la Villa Obrera al CONICET” obtuvo el tercer premio en la categoría radio en el “Concurso Anual de Trabajos Periodísticos – Premio Universidad Nacional de San Juan”. Se trata de la historia del sociólogo y científico Víctor Algañaraz, entrevistado en el programa "Fisuras de la calle" de AM 1020 en el 2014. Víctor nació y se crió en Villa Obrera, de Chimbas. De condición humilde consiguió egresar como Licenciado en Sociología y entró a trabajar al CONICET. Ya publicó libros y tiene una importante trayectoria pese a su corta edad. Hacé click en el video de abajo y escuchá la nota completa:          


Otros logros

A mediados del año 2011 el prestigioso periodista gráfico Alberto Amato se puso en contacto vía correo electrónico y me pidió permiso para llegar junto al periodista Rodolfo Del Percio para realizar una nota sobre la historia de Juan Domingo Ahumada, el lustra zapatos del cruce de las peatonales, historia que Amato había conocido a través de “Fisuras de la calle”. La vida de don Ahumada ocupó una doble página de la sección Sociedad del domingo en el diario Clarín y tuvo una gran repercusión. Para conocer cómo fue que Clarín se fijó en una nota de este blog podés ingresar a este link: http://www.fisurasdelacallesanjuan.blogspot.com.ar/2011/07/juan-ahumada-fue-entrevistado-por.html o si querés leer la nota sobre Juan Ahumada que fue publicada en este sitio lo podés hacer por acá: http://www.fisurasdelacallesanjuan.blogspot.com.ar/2011/05/el-lustra-zapatos-mas-famoso-de-san.html
        

En el año 2013, la profesora de Letras María Isabel Paredes empezó a trabajar en clase con los chicos de la escuela Juan Enrique Pestalozzi, ubicada en el Barrio Parque Industrial de Chimbas, utilizando textos publicados en este blog. Enterado de eso, en el 2014 invité a dos alumnos de esa escuela junto a la profesora para entrevistarlos en el ciclo radial que tuve en AM 1020 y contaron que habían analizado en clase además la entrevista al científico Víctor Algañaraz. Paredes dijo que la idea es mostrarles a los chicos que de Chimbas pueden surgir buenos valores para la sociedad y de esa manera buscar romper con el estigma que soportan muchos alumnos de ese departamento que es el más inseguro de San Juan (para escuchar todos los programas sólo basta con ingresar al canal de Youtube de Fisuras: https://www.youtube.com/channel/UChfAC5kjkCF21tDfwfjKZzg). 

Durante este tiempo, distintos medios de San Juan (como Diario La Provincia) se han hecho eco de las historias que han sido publicadas en este blog de manera casi artesanal. Inclusive el periodista Ernesto Simón, de El País Diario y del programa Suban el Volumen de FM San Martín, me hizo partícipe de sus espacios periodísticos con el fin de dar difusión a los trabajos de Fisuras. El fanzine “Tu hermana” también lleva una publicación en su último número en donde habla sobre el programa radial surgido de este espacio.  

“Allá afuera confunden amor con miseria” dice la banda de rock La Vela Puerca. Fisuras de la calle tiene amor por quienes viven en los márgenes, por quienes intentan saltar la barrera que la vida les ha puesto como estigma. Hay quienes consiguen trascender, hay otros que se tienen que conformar con aguantar y sobrevivir. Este proyecto nació para contar historias nuestras, historias sanjuaninas, ideado por un loco apasionado por el periodismo que sufre los nuevos tiempos en los que los trabajadores de prensa son prácticamente rehenes de las empresas y en donde el aturdimiento hace que muchas vocaciones se terminen estampillando contra el muro que no deja avanzar las buenas intenciones. Estos pequeños logros en los casi cuatro años que lleva el proyecto son una caricia para el alma. Quise compartirlo con quienes se toman algunos minutos para leer las líneas que escribo a menudo en este sitio. Gracias.       


Pablo Zama

viernes, 25 de diciembre de 2015

La Nochebuena de los "nadies"

La otra Navidad

La historia del pibe que vive en la Comisaría 1°, fue golpeado por sus padres cuando era niño y hoy duerme en un colchón viejo. Cuida coches y hace changas en la zona. Un 24 de diciembre se metió en un contenedor de residuos para buscar elementos que le sirvieran para vender. El texto fue escrito horas antes de la Nochebuena del 2013 y leído en el programa radial “Fisuras de la calle” de AM 1020 en el año 2014. Hacé click en el video y escuchá el relato: 


     


Pablo Zama

domingo, 15 de noviembre de 2015

Cuando ser pobre significa ser un presunto ladrón

El Pibe de la Estampita, el Imbécil 
     y el Ídolo de los Quemados


Un joven mayor de edad vendía estampitas en el patio de comidas del Híper Libertad, la seguridad privada lo trató mal y lo quiso sacar con la Policía. Pero un cliente lo defendió y le sirvió algo de comer en su mesa. El pibe y su madre estudian juntos en un CENS y son sostén de familia. Exclusión y solidaridad en una misma escena de la vida cotidiana.

-La foto es de espaldas para preservar al joven de cualquier represalia-   
      
En un híper -paradójicamente de nombre Libertad- de San Juan un pibe pobre vendía estampitas, un guardia de seguridad privada lo tomó del brazo y, junto con otro guardia, lo quiso sacar llamando a un policía. Un cliente que almorzaba con su hijo los enfrentó y les dijo que el joven estaba con él, lo sentó a su mesa y le compró algo de comer. Una escena que encierra la miseria humana, que parece no tener límites pero sí cada vez más prejuicios, y el heroísmo de un anónimo que no busca una pose para hacer política ni salir en TV. Muchos miraron para otro lado y continuaron comiendo, otros se acercaron a felicitar al héroe.      

Remera flúor, pantalón corto, lo mismo que el pelo que ya en paulatino crecimiento deja resabios de algún corte al ras. El Pibe de la Estampita camina por entre las mesas como un Messi del submundo gambeteando sillas y dando siempre un paso hacia adelante, quizás caminar sólo para adelante le dé esperanzas de algún día salir de ese laberinto oscuro en el que la vida sumerge, acaso por capricho, a muchos que ni siquiera figurarán en las encuestas de un balotaje. Sus opiniones no les importan a los que discuten inútilmente sobre política mirándose el pupo, a esos que sólo ven más acá de sus narices.

El Pibe de la Estampita no mira fijo a los ojos, su mirada es inestable y tímida, deja su mercadería sobre la mesa largando un murmullo indescifrable, ese chico habla entre dientes y sigue su camino. La mayoría es indiferente en el patio de comidas del Híper Libertad este viernes trece de noviembre de dos mil quince a las tres de la tarde, en el caluroso pre verano sanjuanino.  

Un guardia de seguridad, de vestimenta marrón claro y ceño fruncido como para conseguir autoridad a través del miedo, detiene la marcha del pibe, le habla severamente y lo toma del brazo para sacarlo del patio de comidas, lo acompaña otro guardia más que habla por handy. “Está vendiendo estampitas en el patio de comidas”, informa el hombre por el aparato. Algunos miran con sorpresa, otros prefieren la indiferencia. “No quiero que me pasen esa estampita, de alguna iglesia la habrán ido a robar”, canta León Gieco en El Imbécil.

Los nadies –como los llamaba Eduardo Galeano- no tienen cabida en la sociedad, ni rostro, ni opinión para nadie, a los nadies hay que esconderlos. En un país que supera fácilmente los diez millones de pobres, rebuscárselas para los ningunos se hace difícil y un plan social, que si bien ayuda, no sirve para apagar el hambre de familias completas que  sólo piden inserción laboral.

Un hombre robusto, exrugbier, llamado Claudio Gallo, almuerza junto a su hijo y presencia la situación. Se levanta de su silla y va hacia donde tienen al Pibe de la Estampita, discute fuertemente con el guardia de cara severa y aires de general, le dice que el chico se queda a comer con él. Claudio se lo lleva hasta su mesa y le compra una coca y una hamburguesa, ante la mirada atónita de algunos y la rabia de los guardias que parecen revolverse en el lodo de la hipocresía.


El Pibe de la Estampita se llama Ezequiel y tiene veintiún años. De mirada triste, parece morirse de vergüenza cuando Claudio le sirve la comida y le conversa. Ojos huidizos, dice que siempre le pasa lo mismo en el híper: “Me sacan y llaman a la policía para que me lleve a la comisaría. Antes he venido a pedir trabajo acá y no me lo dan, encima esa persona a la que le pedí trabajo llama a los guardias para que me saquen”.

“No sé que quieren, ¿quieren que los pibes roben, eso quieren?, encima uno les habla y lo tratan muy mal, acá ha habido hasta robo de autos y nadie hizo nada”, se lamenta Claudio. “Bien hermano, te felicito”, pasa otro cliente que ya pagó su cuenta y vio lo que pasó, después llega otra persona y también reconoce su acción. A veces el hombre es el mensaje y eso es lo que queda y perdura. Hoy Claudio es el portador de ese mensaje positivo y solidario, el Ídolo de los Quemados, como la canción de Gieco. “Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo”, nos recordaba Galeano.

El Pibe de la Estampita estudia para ser Perito Auxiliar de la Policía Judicial –vaya paradoja- en el CENS 74 de la provincia junto a su madre, que es compañera suya. Ezequiel cuenta preocupado que el Ministerio de Educación de la provincia quiere eliminar la especialización. “Yo estoy hablando con gente pidiéndole que no la cierren, no quiero quedarme sin esos estudios”, lamenta mientras sigue comiendo la hamburguesa que le regaló su nuevo amigo. “Vendo estampitas para poder vestirme y ayudar en la casa porque no tengo papá y mi mamá es la única que lleva plata para comer. Yo tengo el plan Progresar, pero no dura nada”, dice el hermano de tres varones (uno de ellos ya formó una familia y se fue de la casa) y una nena.

El presunto delincuente es estudiante. El pibe de remera larga y gorra azul oscura con la visera para atrás vende estampitas para ayudar a su familia. El muchacho morocho de aspecto pobre ya pidió trabajo en el patio de comidas del híper y no se lo quisieron dar. Para los prejuicios de los dueños de los locales, los guardias de seguridad privada y algunos clientes es un presunto delincuente morocho con aspecto de pobre, de remera larga flúor y gorra con la visera para atrás. Pobres de alma son los que prejuzgan y excluyen. Pobre es la mente de quienes hablan de derechos humanos y niegan a los pibes que pasan a ser nadies sin rostros, ningunos que parecen no servir ni como número para las estadísticas de mortalidad de sociedades que apabullan con mensajes simbólicos pero carentes de realidad, vacíos, huecos.


El Ídolo de los Quemados no se quedó leyendo el diario en su mesa abstraído de lo que pasaba cerca de sus narices. El Imbécil es ese sistema que marca, excluye y discrimina. Al Pibe de la Estampita ojalá no le cierren la carrera, ni las puertas de la vida. “Sos un imbécil que a los chicos culpás de la pobreza y la mugre que hay, que nunca te echen rogale a tu dios...”, reza la canción. 


 Pablo Zama     

martes, 25 de agosto de 2015

Carlos Tévez revolucionó San Juan


En busca del Apache 

La ex estrella de la Juventus de Italia llegó a la provincia para jugar un partido por Copa Argentina y volvió a salirse del libreto. El abrazo con su amigo sanjuanino. El jugador del pueblo y su dura historia de vida: los balazos que pasaban cerca de su casa, una madre que lo abandonó cuando era bebé y un padre que no le dio ni el apellido. No es una entrevista, pero sí una nota. Un periodista tras los pasos de Carlitos.      

Vuelvo desde Rivadavia hacia el centro sanjuanino en el último asiento del colectivo muy emocionado. Nunca me había pasado después de una nota. Había sido una entrevista fallida por ese tema de los “derechos” de los medios “porteños” y los requisitos del planeta Boca. La entrevista no pudo ser, pero la nota sí. Había respirado por varios minutos el mismo aire que una leyenda barrial que juega al fútbol los domingos en La Bombonera, ahí en donde es Gardel. Carlitos Tévez, el que salió de Fuerte Apache y llegó a ser figura en el Manchester United inglés y en la Juventus italiana.

Lo que me había llevado a usar todo tipo de artilugios, de esos que el oficio periodístico enseña para llegar a la nota “imposible”, había sido una historia marginal. Una historia en la que por decisión del azar, el destino o cualquier otra variable que tenga que ver con el sacrificio y el talento, un pibe que podría haber terminado sus días a temprana edad -por una bala que “ajusticia” a los pobres infelices que no son más que un número para la voraz economía de los que dominan el planeta y que, como decía Eduardo Galeano, sus vidas valen menos que la bala que los mata- llegó a una posición de poder y aceptación popular que hoy sabe usar. Carlos volvió al país para dar un mensaje de filantropía y humildad.


Su madre lo abandonó cuando tenía cuatro meses y en días en los que los chicos de cualquier barrio disfrutaban de los dibujos animados o de la merienda del jardín de infantes, cuando tenía sólo cinco años, sufría porque su padre -el que no quiso darle el apellido al nacer- era asesinado de 23 balazos. El niño fue adoptado por su tía y más tarde, para poder pasar de All Boys a Boca se cambió el apellido Martínez (de su madre) por el de Tévez, el del marido de su tía, a quien reconoce como su verdadero padre. La vida de Carlitos encaja justo con cierto marketing de los medios masivos que están al acecho de la audiencia y muy pocos se animan a criticarlo abiertamente porque es un fenómeno de masas.                    

La prensa no

Ante la mirada espesa y dura de hombres sin cuello y cabeza de chancho envueltos en trajes que revisten sus robustos cuerpos, Carlos Tévez me decía en el subsuelo del hotel Del Bono Park que no podía hacerle preguntas. En cambio atiné a abrazarlo, hacer una foto y quedarme en el rincón del observador para vivir, por unos treinta minutos, el mundo Apache desde adentro, desde un lugar privilegiado.        

Por mi tozudez periodística volvía a la carga intentando llamar la atención del hombre fundido, como se funden los hierros, en un sector social en donde no se puede elegir: “Carlos, ¿te han pedido ayuda para comedores también en San Juan?”, pero uno de los hombres cabeza de chancho, sin cuello visible y cara de rottweiler se acercaba al apelativo de “facha, listo, listo”. Son los cercos que Tévez todavía no pudo sortear, restricciones anormales que son comunes para las estrellas del fútbol, con jefes de prensa que no permiten preguntas, como si lo que se estuviera por develar fuera un secreto de estado. Pero a Carlos no le interesan los periodistas. Su tarea está con la gente, la calle, el pueblo que lo venera, que lo ama.

Tiene la mirada transparente de los niños, hay un brillo especial en las pupilas. Tévez mira a los ojos. Tiene un tatuaje que le cubre todo el antebrazo derecho y que cerca de la muñeca reza “sos mi dios”. Pero el más importante no se le ve: en toda la espalda tiene un dibujo que representa la resurrección de Cristo y se lo hizo después de visitar al Papa Francisco en la Ciudad del Vaticano. Debajo de la cara y en la parte derecha del cuello sobresale la marca indeleble de su niñez: la piel derretida por el agua caliente que le cayó en su casa del barrio Ejército de Los Andes cuando tenía diez meses y que él no quiso cambiar, a modo de rendirle honor a su vida, su barrio, una marca que rubrica el mito. Tévez es amable y diplomático. No hay falsa modestia en sus gestos, el Apache es de corazón humilde. El carisma es su arma para ganarle al desánimo.

Una mujer le pregunta si lo puede abrazar, “por supuesto” le dice Carlitos y la joven desborda de emoción, llora y el diez le da un cálido abrazo, la mira a los ojos y le dice un sincero “gracias, gracias”. Alguien le pide que alce a una beba: “Sí, cómo no”, contesta el Apache, “¡upa!” le dice a la nena y sonríe para la foto. Y así puede estar largos minutos porque, como dice cada vez que puede, “cuando era chico me costó llegar a mis ídolos, no me daban bola, por eso yo me acerco a la gente y le firmo autógrafos” (ver el video).                


El pony robusto  

Pasada la una y media de la tarde del martes 18 de agosto aparece con tranco cansino, auriculares enormes colgados en el cuello, un mito barrial y futbolero que avanza hacia la entrada del hotel de avenida Ignacio de la Roza con una sonrisa pícara. Ese petiso que se parece a un pony robusto responde con la mano en el aire a los saludos desesperados de los hinchas que están abarrotados detrás de las vallas como leones hambrientos que persiguen a su gacela favorita. Me ubico en las primeras vallas (para periodistas) aunque no traje credencial, pero me las arreglo para atravesar igual el primer control y ahí lo veo pasar, muy cerca, le grito “¡Carlos, dos minutos, dos preguntas nomás Carlitos!”, pero saluda al aire y sigue.     


Antes de encarar hacia la puerta del hotel, Tévez tiene su primera huida del libreto en San Juan, desborda la custodia y camina rápido hacia el vallado que da frente al coche de Autotransportes San Juan que trae al plantel que conduce el Vasco Arruabarrena. Entonces me apoyo en las barandas para ser testigo del inusual movimiento. Lo había visto cuando llegaba en el colectivo y hubo sonrisas y señas cómplices a través del vidrio. Carlos Tévez se baja y va a fundirse en un gran abrazo con un hombre relleno, de pelo semilargo y atado. El abrazo dura varios segundos, sin separarse se miran y cruzan palabras, Tévez lo observa sonriente mientras le sostiene la cabeza. Le pide al jefe de seguridad que haga pasar al hotel “al sanjuanino, porque quiero hablar con él” y sigue su camino.   

El amigo “sanjua”

Le saco fotos a los hinchas de Boca que tienen camisetas que dicen “Carlitos” y revistas en donde el Apache besa la Copa Libertadores en la portada. “Yo dejo que me saqués la foto y vos me conseguís un autógrafo de Tévez”, chantajean algunos en un clima de euforia porque están a metros de la habitación en donde va a dormir el ídolo popular, especie de fusión entre rebeldía rockera y carisma de cura villero.                               


Cuando los jugadores ya pasaron, veo movimiento en la puerta de entrada al lobby del hotel, entonces salgo disparado de la zona del vallado e ingreso. En un rincón, silencioso, con lentes encima del pelo, está el hombre del abrazo. “A vos te abrazó Tévez” le digo y él responde “¿me viste?, ¿viste cómo me abrazó?”. Parece un niño al que le compraron su primera pelota de cuero vacuno. Apenas me dice el nombre lo relaciono con el mundo Boca, cuando él era adolescente se escribieron páginas sobre el sanjuanino que esperaba su oportunidad de pisar la primera de Xeneize. Cristian Vargas fue compañero de Tévez en inferiores y se conocen desde que tenían 11 años.

Mientras hablo con Cristian se cuelgan de la nota un canal de tv y dos medios gráficos locales. “No me salían las palabras, quería llorar, estaba muy emocionado, pude preguntarle si se acordaba de mí y él me dijo ‘¡más vale hermano!”. El joven sigue conmovido, dice que cuando Carlitos se fue al exterior perdió contacto con él, pero el Apache llegó y “apenas me vio desde el colectivo me saludó y cuando se bajó me abrazó, eso demuestra lo que es como persona. Estoy que ya lloro. Que me abrace uno de los mejores jugadores del mundo no es fácil”.  

Vargas es una historia en sí mismo. Recuerda el tiempo de baby fútbol con Carlitos, su paso por la Selección Sub 15 siempre junto a Tévez y el viaje para jugar en el mítico estadio de Wembley en Inglaterra. A los 17 años decidió volver a la provincia porque extrañaba mucho. Con mirada nostálgica Cristian no le dice Carlos, “El Negro” es el apodo que conoce desde esa infancia. “El Sanjuanino”, como lo llama Tévez, conoce a la familia del diez y hasta pasó tardes enteras en su barrio. “Su casa era muy humilde. Iba a entrenar en una Ford de su papá albañil, Carlitos llegaba todo despeinado y su papá con la ropa de trabajo”, cuenta orgulloso.          


Se van los demás periodistas y quedo al lado de Cristian y un amigo suyo. Logro hacer buenas migas con los dos en esos minutos eternos de espera, ellos son casi mi pasaje para conocer al jugador del pueblo. Sin credencial y esquivando la mirada de los guardias espero. Uno de traje negro impecable y voz dura pide desalojar el lugar y que queden sólo Vargas y el otro hombre. Este último me hace un grato favor: “El amigo está con nosotros”, le dice al agente de seguridad y me señala. Estoy cerca del objetivo. El morocho de unos 60 años toma confianza y me cuenta que es policía retirado, por eso pudo hacerle pasar un primer control a Cristian. Vargas espera algo nervioso. Habla con su padre por teléfono, pone el altavoz. Del otro lado hay risas de júbilo cuando de este otro lugar su hijo le dice que Tévez le dio un enorme abrazo. 

Pasa el tiempo. Cristian rememora una vez más El Abrazo. Dice que Tévez tiene olor a perfume muy caro y que seguro que es europeo.”Un policía vino y me dijo sorprendido ‘¿y ese abrazo?’, me pidió mi número de teléfono y me dijo que le saque un foto a Carlos y se la mande por whatsapp”. El amigo de Vargas cuenta entre dientes que el ex jugador se volvió a San Juan porque en ese momento también “tenía una noviecita acá”.

A las dos y media de la tarde se acerca alguien de la delegación de Boca y los tres enfilamos con la ilusión de ir a saludar al Apache. Pero sólo dejan bajar al subsuelo a Cristian. El plantel ha terminado de almorzar. Desde arriba se puede ver cómo Tévez abraza al sanjuanino, se sacan fotos y conversan por poco más de cinco minutos. Vargas sube otra vez emocionado y aclara que al día siguiente Carlitos lo espera para conocer a su hijo y a un paciente de la clínica en la que trabaja que está en silla de ruedas porque es paralítico, ese hombre es fanático del Apache. “No dejen de venir”, le había dicho el ex Juventus.         

Las chicas de recepción quedan en enviar por mail la descripción del plato elegido por Tévez para el almuerzo, mail que nunca llegó a mi correo. Un asistente pide que cambien al Apache de la habitación 303 a la 317 porque el ruido de los bombos de los hinchas no lo dejan dormir. Frustrada esa chance de entrevistar al hombre que encarna el mito barrial hay lugar para la retirada, con el objetivo de jugar las últimas fichas al día siguiente, si es que Cristian puede colaborar.                    

Apache: la meta

La cita es las once de la mañana. Cristian no contesta los mensajes de texto, ni los whatsapp, tampoco atiende las llamadas. Sentado al lado de la vereda de ingreso al Del Bono Park miro a los chicos que siguen haciendo guardia, estoicos, del lado del vallado que da a la avenida esperando por algún autógrafo. Pienso en retirarme.            

Pero después de algunos minutos Vargas atiende y avisa que está esperando detrás de la baranda que da hacia el supermercado del shopping. Apenas llego sale del hotel el jefe de prensa de Boca y lo llama, no alcanzo a cruzar palabras personalmente con el amigo de Carlitos ni mucho menos a pedirle que planeemos una posibilidad para que pueda acercarme a Tévez. Camino rápido, casi corriendo, detrás de Cristian. Un guardia pregunta y le digo que soy uno de los amigos sobre los que Vargas les informó que iban a pasar (lo acababa de escuchar). Me dejan pasar.

Llego al lobby y alguien sube las escaleras, le avisan al ex Boca que puede bajar al sector en donde no llega casi nadie. Cuando ese encargado se da vuelta paso por detrás y bajo rápidamente las escaleras hacia un hall que da al comedor del hotel. Me pego a Cristian, ya lo conocen porque vieron su foto abrazado a Tévez en los portales de noticias. Llego conversando con él aparentando amistad y me mira sorprendido, no esperaba que ingrese. “Me dejaron pasar”, lo tranquilizo. Me juega a favor una obviedad (que en este caso es falsa): los custodias deben hacer ya la ecuación lógica de que si llegué hasta ahí es porque algo debo tener que ver con el Apache o con su amigo. Ya estoy adentro. Voy a conocer al jugador del pueblo, quizás conteste alguna pregunta, o no. Estoy nervioso y Cristian mira su celular con ansiedad.     

Encuentro con el mito  

Pasan los minutos. “Está tardando mucho”, dice Cristian. Vargas recuerda que el Apache jugaba los sábados en las inferiores de Boca y los domingos disputaba el campeonato de su barrio: “Un día lo retaron porque llegó lesionado”.


Se abren las puertas del ascensor y aparece con una sonrisa Carlitos. Se abren las vallas y pasa Vargas, a mí no me dejan. Pero Tévez se queda firmando autógrafos. “Soy periodista y estoy haciendo una nota, ¿puedo hacerte algunas preguntas?”. El Apache baja la cabeza y dice “no, no puedo”. “Está bien, una foto entonces”, y vuelve a acercarse. “Me tiembla todo”, dice una chica después de haberle pedido un autógrafo y una foto a su ídolo. En ese reducto no hay más de 15 personas, en su mayoría turistas que tienen acceso a distintos sectores del hotel. Del otro lado de la valla Carlitos abraza al padre y al hijo de Cristian. ”No pasan los años para vos, ¿eh?”, Tévez se ríe con el padre de su ex compañero de inferiores. El chico inválido, paciente de la clínica en la que trabaja Cristian, conversa con la estrella del fútbol mundial. Como si fuera el living de la casa del diez, todos van hacia un sofá y ríen, cuentan anécdotas. Baja también Javier Toledo, última incorporación de San Martín, con una camiseta xeneize en las manos y le pide a Tévez que la firme. Un periodista deportivo local que ya no ejerce le pide colaboración para una campaña solidaria, a lo que Carlos responde “lo armemos bien y lo hacemos”.

Cuando lo fueron a buscar de All Boys tenía cinco años y don Segundo Tévez dijo que no lo podía dejar ir porque no tenía zapatillas, pero el enviado del club le consiguió un par prestado. Vivía cerca del Nudo 14 (el más peligroso) del barrio Ejército de Los Andes y en las noches se asustaba con los tiros que a veces pasaban cerca de la ventana de su casa, pero tuvo que acostumbrarse a dormir a pesar de todo. En una entrevista, de las muy pocas que brinda mano a mano, reconoció que cuando debutó en la primera de Boca muchos de sus amigos ya habían muerto por las balas de la policía o por ajustes de cuenta.


Brilló en el Corinthians de Brasil, en el Manchester United y el Manchester City de Inglaterra y en la Juventus de Italia, además de ser campeón olímpico con la Selección Argentina. Pero esa burbuja llena de éxitos y plata no le nubla la vista cuando mira a los que sufren. Realiza campañas solidarias para el comedor de su barrio y cuando su equipo jugó en Formosa también llevó su ayuda, lugar en el que dice que de un lado de una pared hay un hotel cinco estrellas y del otro la gente se muere de hambre. Su tarea social es un mensaje que llega a cada rincón del país, su sensibilidad se nutre de la experiencia. Probablemente Tévez trata de liberar ese dolor que lleva desde chico, para exorcizar la imagen de las balas que mataron a ese padre que no lo quiso, la foto de esa madre que lo abandonó cuando era bebé y había sufrido la quemadura que lo llevó a estar varios días internado. Tévez pudo haber elegido el resentimiento social y reaccionar violentamente contra los males que lo acecharon desde que nació. Pero él siempre lo dice: “Yo vengo de un lugar en donde decían que triunfar era imposible”. El Apache, ese Fuerte Apache, nos da una lección de vida con su manera de existir y hasta los más necios paran un rato para escucharlo y verlo actuar.

Yo fui a buscar ese mito barrial de carne y hueso. Hice todo lo posible para acercarme, pensé que tal vez así iba a poder entender un poco más sobre ese fenómeno social que une fútbol y marginalidad. La pelota que rueda igual en el estadio del Manchester United y en un baldío de Formosa. La pelota que va zigzagueando entre las piernas de los Alguien y los Nadies. La desigualdad circular que no se corta. Me subo al colectivo, pago mi boleto y me siento en el fondo, al borde de las lágrimas. Me había dado cuenta de que no es necesario hablar con Tévez, su palabra es la acción.     


*El título de la nota está inspirado en el nombre del libro Apache, en busca de Carlos Tévez, de Sonia Budassi.  
  
Pablo Zama.

lunes, 3 de febrero de 2014

De inflación, cajas y supervivencia

Realidad de cartón


Un cartonero de Chimbas cuenta que en donde mejor le pagan le dan 1 peso por kilo. Quienes viven en esos márgenes sociales, por más esfuerzos que hagan, nunca podrán llegar a igualar un salario mínimo. Son indigentes y la economía los devora. Hoy, para comprar una caja de leche en polvo necesitan juntar 135 cajas de supermercado, 45 kilos de cartón.          


Dice que se llama Roberto, la cabeza erguida como capitán de un barco que no se resigna a hundirse, la mirada triste y casi sin restos de ilusión, unos 50 años. A la ilusión se la asaltó el mismo sistema que lo excluye pero que lo necesita así, pobre y desamparado: él es parte de su retroalimentación. Es domingo, son las dos y media de la tarde, hora de almuerzo y Roberto, las manos desnudas, junta cartones sucios al lado de un galpón del supermercado Átomo de Chimbas, a escasos 200 metros de la plaza departamental. No tiene música ni aire acondicionado en su bicicleta de hierros gastados, de pedales despintados, de ruedas que piden auxilio. El carro viejo atado detrás del rodado es el almacén de desechos que transformará en comida.

Dice que prefiere ir a Macrometal -de Benavídez y Maradona-, que no va a ir a las recuperadoras de Villa El Salvador y de Salta y 25 de Mayo. Cuenta que la primera le paga 1 peso por el kilo de cartón, las otras sólo 65 centavos.

Una caja de cartón común de los supermercados pesa poco más de 300 gramos. Roberto necesita tres cajas para llegar al kilo. Mira los cartones y sentencia: “Acá he juntado unos 20 kilos”. 20 pesos para irse a almorzar con su familia. Con los precios de hoy, Roberto requiere de un kilo de cartón para comprar un huevo, que en el 2012 le costaba 50 centavos. Si Roberto aspira a comprar una caja de leche para los niños de la casa debe juntar 135 cajas de súper ($45).

Un breve llamado a Macrometal sirvió para corroborar lo que Roberto dice, y en esa recuperadora también aclararon que a principios del 2012 pagaban entre 45 y 50 centavos por el kilo de cartón, la mitad de lo que entregan en la actualidad. En esa época el precio de la leche era de unos 20 pesos: a Roberto le costaba 40 kilos de cartón (120 cajas), el aumento en el índice de inflación para él es una diferencia de 15 cajas de súper. Roberto hoy piensa en juntar 36 cajas para adquirir un kilo de pan, y si la ambición lo atrapa con sus garras: 90 cajas por un kilo de carne molida común para tener un almuerzo más o menos digno.

Me retiro y lo miro desde lejos, tan lejos que casi no lo veo, como tampoco lo ve la economía a él, un punto en una constelación de golpes bajos a los de abajo. ¿Roberto será hincha de San Martín?, ¿sabrá que hay jugadores de la Mendoza y Lautaro que cobran más de 150 mil pesos por mes?: un sueldo de más de 450.000 cajas de cartón. Y un juez sanjuanino cobra en promedio 180.000 cajas mensuales.


En esta siesta calurosa, el sol de verano le da latigazos en la espalda. Roberto es parecido a Alejandro Casatte, un cartonero de San Luis con el que vi el partido en el que Argentina perdió 4 a 0 con Alemania y quedó eliminado del Mundial de Sudáfrica 2010. En una casita muy precaria de Corrientes y Juan de Garay en el Barrio Rawson de la provincia puntana, Alejandro contaba que se turnaban con su mujer para “cartonear” sin descuidar a sus hijos. Alejandro y su familia vivían en esa época con sólo 15 pesos diarios. Casatte insultaba a Lio Messi frente a la pantalla de un viejo y diminuto televisor porque decía que el rosarino era frío. Justo en el 2010 la revista Noticias desnudaba que La Pulga facturaba, entre el Barcelona y las campañas de publicidad de las que participaba, más que las empresas con mil empleados a cargo (un patrimonio neto valuado en 250 millones de euros en aquélla época, casi incalculable si lo traducimos a cartón).

En el 2014, con un salario mínimo fijado en 3.600 pesos mensuales, si el cartonero chimbero se ilusiona con alcanzar la dignidad debe juntar 120 kilos de cartón (360 cajas) por día -la suma de 10.800 cajas al mes-, sin descansar ni los fines de semana. Pero esa ilusión se destroza cuando en la recuperadora de Benavídez y Maradona aseguran que lo máximo que lleva un cartonero al día, en un muy buen día, son 80 kilos de cajas despedazadas, que también escasean en todos lados. Quizás Roberto prefiera resignarse a su realidad de cartón apoyándose en la frase de la canción de Attaque 77 …Al delito yo lo esquivo inventando trabajo en donde no hay y encima de rebote soy la alternativa ecológica, reciclando lo que todos tiran, los desechos de la sociedad…
  
        
Pablo Zama

martes, 3 de diciembre de 2013

El forastero sin residencia

Del rugby europeo al violonchelo en la calle 

Sólo da su nombre de pila: se llama Alejandro. En España casi muere por sobredosis, por eso le dio un cambio a su vida. Junto a su novia alemana se convirtió en nómade. Dice que volvió a nacer. Aprendió a tocar el violonchelo y ahora le pone música a las esquinas argentinas y de otros países. "Amo la libertad", dice. (Mirá el video).    


“Las dimensión que tiene tu vida es la dimensión de tu valor. Sin huevos nos vas a ningún lado”. Descalzo sobre el asfalto caliente de fines de noviembre sanjuanino, esquina de Salta e Ignacio de la Roza, una remera del lado del revés para tapar, presumiblemente, la marca de una empresa de transporte, rastas gruesas y barba sin emparejar, Alejandro, exrugbier en Europa, desafía las normales que rigen la sociedad de consumo, que obliga a alcanzar el éxito para existir. Toca el violonchelo en el desconcierto de la calle.

Detrás de la barba y el pelo desprolijo hay un hombre de 30 años compartiendo de memoria partituras de Bach, Suzuki, Mozart. Melodías que son del mundo, más que para salas cerradas a una elite. Artistas callejeros, huérfanos de la estabilidad, felices en el “aquí y ahora”. Caricias de asfalto. Mientras conversa con un pibe del ECO (estacionamiento controlado de la Capital) se anima a ofrecerle inclusive “La danza de los mirlos”, de Pablo Lescano. Termina y sonríe. Nació en San Nicolás, Buenos Aires, pero ya no es de ningún lugar y es de todos a la vez. Nómade por elección, tiene a sus espaldas una historia de bohemia y valentía.

“En Europa casi me muero por sobredosis, ahí decidí cambiar mi vida”. Alejandro era jugador de rugby en España, le pagaban el departamento en donde vivía, la comida y le daban algo de plata para poder mantenerse. “Tenía condiciones para ese deporte, pero tuve muchos vicios”, lamenta. “El club se fundió y empecé a viajar. Anduve por Mallorca, Austria, Suiza y otros lugares”, recuerda mientras recibe monedas de manos adornadas con lujosos relojes que salen anónimas de autos importados. “Todo ese viaje me llevó a ser músico”, subraya.  


Alejado del deporte, volvió a la Argentina y se inscribió en una escuela de arte. Como no había cupo para otros instrumentos y en violonchelo no había muchos alumnos, se decidió por ese instrumento. Hizo dos años y después siguió aprendiendo por Internet y observando a los demás músicos. “Se puede decir que soy autodidacta”, aclara. Se lanzó a “vivir la magia de la calle” después de decidir dejar los vicios que había adquirido en Europa y por las ganas de vivir “la libertad en su máxima expresión, el desapego a lo material”.

Camino a Santiago empezó la mutación. Se desprendió de la comodidad, de la vida material, se arriesgó a vivir como si fuera el último día, todos los días. El Camino de Santiago es una ruta que desde la era medieval representa una de las más populares peregrinaciones en el mundo cristiano, es un paso espiritual ubicado en Santiago de Compostela, España. “Yo soy espiritual, no religioso”, argumenta. En ese camino conoció a su actual compañera, Yvonne, una Alemana que residía en Suiza con todas las necesidades materiales satisfechas. Pero juntos optaron por arrojarse al mundo y a la marea de anónimos que viaja de ciudad en ciudad sin buscar nada más que juntar experiencias y libertad. Ahora son padres de una nena de dos años y un bebé de once meses. “Caminé mil kilómetros sin plata y un diario me hizo una nota. Al día siguiente vi el título: ‘El argentino que sin dinero y sin papeles viaja por Europa’”, ríe y comparte otra de sus frases repentinas: “Rico no es el que más tiene, sino el que menos necesita”.


Alejandro repite que con su nueva vida lo que intenta es no volver a ser un esclavo. “El sistema funciona tan bien que convierte a la gente en un rebaño y si no hacés lo mismo que los demás, te condena al ostracismo”. Aunque dice que algún día volverá a jugar al rugby, sabe que ya nunca podrá volver a ser como antes, los ideales son otros y su ética no se ciñe con la plata y el éxito tal cual lo impone el capitalismo. “Siento que nací dos veces y que ahora pasé a ser el actor principal de mi vida”, se enorgullece. Está a cuatro cuadras del Auditorio Juan Victoria, uno de los más valorados de Sudamérica, pero toca el violonchelo en las esquinas por donde pasan primaveras de caras alegres, tristes, cansadas. Una comunión de arte y terapia dentro de los dos autoritarios minutos en los que tarda la suerte en pasar de rojo a verde. 

“No existen las verdades absolutas, sino las relativas. Pero yo sigo aferrado a mi corazón, fuerte en mis convicciones”. El hombre de rastas junta las monedas, mira el reloj, las siete y media de la tarde, seguro que junto a su familia cenará en la casa de un nuevo amigo que hizo en San Juan, dueño de un servicio de lunch, a quien aconsejó para que logre salvar su matrimonio. En pocos días viajarán a Mendoza y después a Chile, en ese recorrido incesante por la vida. En San Nicolás lo esperan sin fecha: sus padres -sorprendidos al principio- ya aceptaron el nuevo estilo de vida de ese joven que tenía gustos burgueses y se fue cuatro años a jugar al rugby a Europa.


Frenan los últimos autos. El sonido grave del arco sobre las cuerdas saca sonrisas y miradas sorprendidas. Le tocan bocina y él saluda con la mano izquierda en alto. Alejandro se reconoce como una “persona pública” dentro del anonimato callejero y sabe que “la calle, como la vida, te da y te quita”. Pero rige sus horas despierto bajo una premisa ghandiana: “Trato de vivir como si fuera a morir mañana y trato de aprender como si fuera a vivir para siempre”. 

Pablo Zama

jueves, 3 de enero de 2013

Juan José Russo, un ejemplo



Cuando las barreras 
son una metáfora

Juanjo tiene paralizada la mitad del cuerpo por una malformación congénita, lo operaron quince veces en la columna. Pero dice que las limitaciones de las personas están en la mente. Trabaja en prensa del Ministerio de Desarrollo Humano y los fines de semana va a la cancha a ver a su querido Verdinegro. Se hizo famoso cuando fue parte de un video en la previa de Boca vs. San Martín para la TV Pública. El dolor por la discriminación de un profesor en la secundaria.




“En la calle actúo como alguien normal y la gente me ve como uno más, como uno que camina”. Anoto, pávido, la frase y Juanjo sonríe con sonrisa de esperanza, una mueca caprichosa de no rendirse jamás. “Como uno que camina”. Me cruje el alma. Antes de acostarse, cuando el día muere entre sueños y escombros de lo que no se pudo, mira la camiseta de San Martín y le promete amor eterno. A las siete y media de la mañana despierta el día laboral. Juanjo llega al área de prensa del Ministerio de Desarrollo Humano, en donde dice que se mueve “como pez en el agua”, y empieza a chequear mails, mira noticias por tv, lee los diarios y diseña comunicados para los medios de San Juan. Padece de mielomeningocele de grado dos, una malformación congénita que se origina en las primeras semanas de gestación. Pero para ese joven de veintiocho años “las limitaciones están en la mente de cada uno”.
   
Detrás de cada día, todos los días, su historia: en mil novecientos noventa y nueve pasó todo el año prácticamente acostado después de una operación en la columna. A la escuela lo llevaban en una silla de ruedas a cuarenta y cinco grados, igual que el reclinado de los asientos de los colectivos de larga distancia, así estudiaba. Su mamá, Nancy Grazziani, dice orgullosa que “no se llevó ninguna materia ese año”. Sobre el anotador la lapicera pesa y la tinta se escurre de asombro, como queriendo salirse de la hoja: Juanjo pasó por quince operaciones (cinco de ellas fueron apenas nació, subrayo). Juan José Russo habla, anoto con lapicera firme: “Tengo la columna desviada y parálisis de medio cuerpo, es decir, de los miembros inferiores. Además tengo una válvula en la cabeza, que se llama válvula de derivación, eso permite que el líquido encefalorraquídeo llegue a mi cabeza”.

Discriminación. “Tenía diecisiete años, estaba en el contexto de una clase de Educación Física, me acuerdo  como si fuera ayer, era un sábado en la mañana” –no lo cuenta con resentimiento, en su voz hay, de todos modos, residuos de dolor- “En el colegio me llevaban unos compañeros, se trabó la silla de ruedas y me caí. Mi profesor no estaba cerca en ese momento, estaba en otra punta del playón. Cuando llegó no me sentí cómodo con la respuesta que me brindó, porque yo me había lastimado un poco la mano. Me dijo ‘¿sabés las veces que me he caído yo?’, le restó importancia. Eso me costó tener que irme del colegio al que yo había concurrido desde jardín, porque me sentí mal, no me sentí contenido. Los docentes, además de enseñar, están para cuidar a sus alumnos y este señor no me cuidó”.


Límites. Las barreras son una metáfora. “En la niñez, entre las cosas más duras que me tocó vivir está este problema que tengo que me priva de muchas cosas, como caminar o jugar al fútbol. Mi sueño era ser futbolista”. Pausa. La tinta es más espesa sobre el papel caliente. Juanjo se redime: “Pero ahora analizo bastante bien lo que tengo. No por estar así pierdo mi capacidad de pensar o hacer cosas por mí mismo. Hago todo lo que hace un ser humano que no tiene problemas físicos: hablo, como, duermo, pienso, tomo decisiones”. La limitación está en la mente de las personas, seguir adelante es el capricho de los que no se permiten la derrota. “Estudiar inglés tres años es un límite que pude pasar, creí que no lo iba a poder aprender. Eso fue importante porque me sirve ahora para comunicarme con gente de otros países en mi trabajo”.


Realizado. El diez de abril del dos mil ocho, cuando entré al Ministerio de Desarrollo Humano pensé ‘tengo mi vida completa’. Era lo que me faltaba, trabajar en un ámbito fuera del estudio, porque el estudio me abrumaba un poco. A partir de ahí hice un click. Entrar al Centro Cívico me cambió totalmente la vida”. Con su madre le habían pedido una audiencia al ministro Daniel Molina: “Cuando salió de su oficina me miró y dijo que se estaba acordando de mí. Nos hizo pasar y me preguntó qué sabía hacer. Le dije que tengo buena ortografía, que sé redactar. Entonces me pidió que fuera a la oficina de prensa porque me iban a tomar los datos. Ya hace cuatro años que estoy trabajando ahí, muy cómodo y muy contento”.

La adaptación fue satisfactoria gracias a la calidad humana que encontró en su lugar de trabajo. “No me voy a olvidar nunca de cómo me trataron ese día mis compañeros. Me hicieron uno más, a pesar de mi condición física. Este trabajo me hizo crecer como persona y me dio la posibilidad de entrar a un lugar al que yo jamás había previsto”. Las barreras son metáforas.

Voy con vos. “Del ascenso del dos mil siete -a Primera, el sábado dieciséis de junio- me acuerdo que llegué con mi hermano y mi vieja a la cancha. Recuerdo los papelitos en el aire, la gente saltando. Se me puso la piel de gallina”. Gol del ascenso, sudor y lágrimas. “No vi a –Luis- Tonelotto, vi la pelota volando nomás, esa es la única imagen que tengo del gol. Después fue todo festejo. Me abracé con mi hermano y en un momento se me corrieron las lágrimas”. Hincha de San Martín desde la adolescencia (su silla de ruedas es verde y negra por un gusto que le dio su madre), lo llamaron de Fútbol para Todos, de la TV Pública, para grabar un video en el estadio Hilario Sánchez Rodríguez. La filmación salió al aire el domingo treinta de setiembre del año pasado en la previa del partido en que Boca y el equipo de Concepción empataron uno a uno en La Bombonera (ver video):


Reescribo en el anotador la palabra sueño y la resalto. Juan José cumplió el anhelo de recorrer dos veces el césped del Hilario, le falta otro por cumplir: ingresar a la popular junto a La Banda del Pueblo Viejo. Pero escribo que cuenta con un privilegio que muchos hinchas quisieran tener: antes de cada partido, los jugadores que van al banco de suplentes –y en su momento también lo hacía el DT Daniel Garnero- van hasta el alambrado que separa el césped de la Platea Oeste y lo saludan. Es una de las cábalas verdinegras.




¿Un ídolo en la vida? Juanjo pregunta si pueden ser dos y con ojos seguros y agradecidos busca la figura de sus padres, Alfredo Russo y Nancy. “Los ídolos de mi vida son mis viejos porque siempre están atentos para saber si necesito algo. Son los que estuvieron y están siempre”. Sus padres vivieron con él durante dos años en Buenos Aires por una operación grande que le hicieron y durante diez recorrieron los más de  mil kilómetros que separan a San Juan de Capital Federal para que lo atiendan los médicos. Sus hermanos Gabriela, Daniel y Pedro también fueron sus ángeles guardianes en la niñez y ahora son sus compinches. “Una de las tantas veces que fui a Buenos Aires para hacerme atender, me llevaron a unos juegos para personas con discapacidad. Mi mamá y mi hermana eran mi hinchada, competí y coseché dos segundos puestos. Esas son experiencias lindas. Mi familia siempre me apoyó mucho”.


En el margen de la última hoja rayada decido dejar algunas anotaciones finales: escribo que es viernes y que por la tarde Juanjo se va a ir a conversar con sus amigos de un gimnasio ubicado cerca de su casa y hasta se animará a usar algunas máquinas, como es su costumbre. Pongo que el sábado tal vez lo inviten a un boliche por otro cumpleaños y regresará con una sonrisa y empapado por la espuma. Imagino que en la siesta del domingo, antes de prepararse para ir a ver jugar al Verdinegro, seguro que anhelará poder terminar los estudios -que empezó pero abandonó- sobre periodismo deportivo y emular a Tití Fernández o a Marcelo Benedetto siendo la voz desde el campo de juego. Dejo un lugar para el lunes, porque muy temprano regresará al Centro Cívico y reirá al teléfono con ese periodista que lo aprecia como a un amigo y que le dice “fantasmita, ¿cómo andás?”, a quien no quiere “quemar” en la nota. También recibirá los elogios de algunas personas a las que atiende en el ministerio y que lo hacen dar cuenta de que está “en el camino correcto y ayudando a la gente para que pueda solucionar sus problemas sociales”. Anoto que el entrevistado me acaba de decir con voz firme y a modo de consejo que “de nada sirve quejarse sin intentar”. Entonces entiendo que las barreras esta vez son una metáfora cuando imagino a Juanjo enseñarle a Julián, su ahijado de seis años, que para caminar bien en la vida sólo hace falta vencer los límites de la mente.  




Pablo Zama