martes, 3 de abril de 2012

Sanjuaninos en el viejo continente:


Un chimbero, 
árbitro en España



Después de la crisis del dos mil uno, Jorge Montoro perdió su suplencia como maestro y decidió irse de la Argentina. Ahora, en Alicante trabaja en un supermercado y los fines de semana es juez asistente en las ligas de ascenso de aquel país. Dice que dirigir una final en el imponente estadio del Hércules fue como cumplir un sueño. 
  

“Cuando salí al campo de juego, me quedé helado y se me erizó la piel. Soñaba con dirigir en España y me di cuenta que todo se hace realidad si uno quiere y lo busca”. Las letras llegan a borbotones a través del chat del Facebook. Y es en ese momento, que pasa como ráfaga imperceptible frente al teclado, cuando pienso que el fútbol es el leiv motiv de la evasión y el anhelo de llorar lágrimas que no sean de sal. Algo así como el deseo innato del ser humano por ese cuerpo invisible llamado felicidad.

El día en el que la piel se le granuló por la emoción a ese “gringo” nacido muy cerca de la plaza principal de Chimbas jugaban el Hércules B y el Requena CF: él tenía puesto el traje de juez de línea del encuentro. “Miraba el estadio y no podía creerlo, era imponente”, recibo, casi simultáneamente con el sonido de la ventana de conversación, las letras de Jorge Luis Montoro Torres, uno de los argentinos que la crisis de principios de milenio corrió del país y le corrigió la pronunciación de la “s”.  

Jorge carga con las retinas llenas de recuerdos de siestas de potreros y baldíos sanjuaninos, cuarenta grados de pleno enero, el cuero a la intemperie, la remera colgada en algún rincón de la improvisada cancha de tierra seca y polvorienta en el Barrio Chimbas II. Granos milimétricos suspendidos en el aire como esa nostalgia que lo invade ahora cada fin de semana en su departamento europeo y solitario de Gata de Gorgos, en Alicante.

Pero ahora es abrildosmilonce y se mira a un espejo imaginario, en los ojos de papá y mamá, en los de los abuelos que se fueron de viaje al infinito (a través de quienes obtuvo la doble ciudadanía): está vestido de juez de línea en el impecable estadio Rico Pérez, ante unos tres mil hinchas y en un partido de instancia final por el ascenso a la tercera categoría del fútbol español.

Las tribunas rugen de guerra, de paño de colores que se llevan en la piel, en ese espacio inmaterial y sin tiempo que es el alma. Y Jorge habla por el chat y me dice que hay momentos que quedan lejos, como colgando de un péndulo que amenaza con descolgarse: es el aire de la resignación y el eterno abrazo con su madre, María Torres, el apretón de manos con su padre, José Montoro, y los consejos de sus hermanos en esa tarde que fue un antes y un después. El recuerdo del adiós, tras los coletazos que dejó la crisis del gobierno delarruista, la tarde del diez de octubre de dos mil cuatro en la Terminal de Ómnibus de San Juan, para partir después en avión desde Buenos Aires hacia el viejo continente. A sus espaldas, el resplandor de las tardes que se quedaron con sus pies de pibe chimbero que soñaba con jugar en la primera del Atlético Trinidad y más tarde con ser el hombre de negro en partidos del fútbol profesional criollo.



Ecos… parecen quedar impregnados en la ventana de conversación del Face cuando ese tipo de mirada calma y ambiciosa me responde frases desde las vísceras. En febrero cumplió treinta y un años y dice que, pese a que en el dos mil once tuvo su partido más importante dentro de la liga española de fútbol, anhela volver a vivir en su tierra natal. Otra vez me aturde el eco. Y esa mueca de resignación en el semblante en su partida -imagino en este otro extremo del planeta Internet- pasa a ser pómulos rojos en el calor de la ilusión por el regreso.   

La decisión

“Después de recibirme de maestro en el Centro Polivalente de Artes y empezar a ejercer con diecinueve años, me sentía muy bien allá –en San Juan-. Pero tenía suplencia pasiva y con la llegada de la crisis de fines del dos mil uno a la Argentina perdí esa plaza de maestro y empecé a pensar en venirme a Europa”, dice, tal vez ya con la mirada espesa. Ese click definitivo al que refiere se iba a dar un poco más tarde: “Cuando trabajé en una escuela de Chimbas, veía la vida de esos niños, las carencias de sus familias y me di cuenta que ese contexto no era el que yo quería en mi futuro. Además buscaba un trabajo seguro, en el que se respetaran todos los derechos de los empleados; y en el arbitraje no tenía muchas oportunidades”.   

“En el momento en el que dije en mi casa que me iba, no pensaba en lo que dejaba sino en el futuro que iba a buscar. Sabía que mis padres y mis hermanos sentirían mucho mi partida a un lugar que está a doce mil kilómetros. Yo buscaba un porvenir”, recuerda.  

La Europa de esa época no sentía el látigo de la crisis que azota a algunos grupos económicos en la actualidad y provoca despidos, además de congelamiento de sueldos. Muy por el contrario, mientras en la Argentina aparecía la figura absurda del corralito financiero y la demolición de la clase media, en el viejo continente la prosperidad acompañaba a los inmigrantes criollos que arribaban con penas e ilusiones. “En los primeros meses estaba bien, porque a las dos semanas que llegué conseguí trabajo, así que estaba distraído. Recién a los dos años empecé a extrañar”, relata Montoro.   

En Gata de Gorgos lo recibió una prima hermana de su abuelo materno y se quedó en la casa de la familia hasta que pudo alquilar: “Me pude acostumbrar al lugar porque la gente de aquí es muy cordial. Además acá viven muchos cauceteros y me reencontré con personas que me conocían o que trabajaban con mi padre en San Juan”. 
  

A los pocos días de llegar a España, Jorge consiguió trabajo en Juan Fornes Fornes S.A., de la cadena de Supermercados Masymas. Actualmente se desempeña en el almacén central de donde sale el género que abastece a toda la cadena: “Ahí manejo una máquina elevadora con la que muevo palets de mercadería a una cámara de alimentos frescos. También fui flejador y cargué los palets en los camiones. El nivel adquisitivo aquí es diferente que en Argentina porque los precios son diferentes también. Y a veces pienso que en España tengo cosas que en mi país tal vez no podría adquirir”. 

Hombre de negro

Era abrildosmilonce, una leve brisa le desordenaba el pelo en el estadio Rico Pérez del Hércules, que en esa temporada militaba en Primera División. El equipo B del equipo dueño de casa jugaba un partido de ascenso ante el Requena CF y él miraba las tribunas perplejo.            

Pero esa historia se iniciaba más diez años antes: “En San Juan leí en el diario que empezaba el curso para árbitros y me decidí a hacerlo porque soy muy aficionado al fútbol, en la niñez entrené un tiempo en San Martín y después lo hice en las inferiores de Atlético Trinidad. Después de hacer el curso estuve arbitrando durante tres años”. En la provincia, Montoro fue árbitro asistente de cuarta división y de Primera B.

“Los amigos que me dio el arbitraje allá son muchos. Algunos de ellos son Ramón Gordillo, Oscar Tersi, Sergio Urisa, Iván Páez. También el Turco –Eugenio- Yevcin, a quien iba a verlo dirigir cuando hacía el curso porque para mí es un gran árbitro. Ellos muchas veces me daban consejos sobre cómo moverme adentro y afuera de la cancha”, recuerda el radicado en un pueblito de Valencia.    

España, sueño arbitral



Jorge Luis comenzó a hacer el curso para dirigir en Europa en el dos mil seis, en Benidorm, a treinta kilómetros de Gata de Gorgos: “Me encontré con un panorama diferente al de Argentina, porque aquí los chicos empiezan en el arbitraje a los quince años y la forma de rellenar las actas de cada partido es distinta. Además hay convenciones pagadas por la federación en donde nos examinan física y teóricamente para poder subir de categoría. Las clases o charlas las dan árbitros de Primera División del fútbol español”.

El debut como asistente fue en el año dos mil siete en un pueblo llamado Tavernes de la Valldigna, “un lugar en donde el fútbol se vive con intensidad y hay mucha presión”. Campos de juego en los que no existe la división alambrada que separe al público de los jugadores: el chimbero dice que el comportamiento de la gente es muy aceptable. Aunque alguna vez le tocó ser agredido en un partido por el ascenso a la tercera división entre el Cheste y el Burriana. “Si ganaba el Cheste, que era local, pasaba de fase y me tocó anularle un gol en el último minuto, por un fuera de juego”, argumenta. Poco tiempo después, el informador (especie de veedor) del encuentro felicitó al línea sanjuanino por la actuación que tuvo, más allá de que en ese partido el camino de la terna arbitral hacia los vestuarios fue bajo un clima tenso y con agresión de los hinchas (ver video):  


“Sentí que cumplí un sueño cuando la temporada pasada me tocó ir como asistente al partido entre el Hércules B y el Requena en la promoción de ascenso a Tercera División, en un estadio de fútbol increíble. Salí por el túnel al campo de juego para revisar las redes y para conversar con el árbitro principal y cuando miré a mis costados fue algo impresionante aunque no fuera un partido de Primera División”.

Zama - ¿Cómo se te dio la posibilidad de dirigir ese partido?

Montoro - Mi categoría es Primera Regional, ahí tenemos la opción de ser árbitro asistente en preferente, porque luego de la temporada regular vienen los play off, que son las promociones de ascenso a Tercera. A esos partidos van los que mejor temporada han hecho y de quienes se han realizado buenos informes.

Zama - ¿Cómo fue el momento en el que te enteraste de que habías sido elegido para ir al estadio del Hércules?

Montoro - Fui a revisar mi cuenta privada que tengo como árbitro por Internet y allí salía que iba como asistente a ese partido. No podía creerlo. El árbitro que pitaba en ese encuentro ya me había pedido para acompañarlo en todas las promociones, pero no esperaba que se me dé en un partido así. Lo llamé y se lo conté. Después llamé a San Juan y lo compartí con mis padres y mis amigos. Estaba muy contento.

Zama - ¿Saliste a la cancha y con qué te encontraste?

Montoro - Al salir al campo de juego la verdad que me quedé helado, es un estadio imponente. El partido fue muy intenso y con buen fútbol y en la tribuna no me esperaba ver una bandeja casi completa. Cuando miré el periódico al día siguiente salía que habían asistido unas dos mil quinientas personas, que para un partido de promoción de ascenso de preferente a Tercera es mucha gente. Ese día ganó el Hércules B dos a cero, por los cuartos de final.   



Jorge Montoro vive solo, cerca de la casa de su hermana María Isabel, que se fue a España algunos años después que él junto a su cuñado Luis Muñoz y tuvieron un hijo en aquel país. Cada mañana, el chimbero trabaja en el supermercado y en la tarde va al gimnasio o entrena con los árbitros. Cuenta que a los dos años de estar a doce mil kilómetros de Argentina empezó a sufrir el desarraigo: “Extraño mucho la vida que uno tiene en San Juan, nuestras costumbres y los paisajes, pero a veces pensar cómo sería todo si volviera me pone en una situación incómoda, porque no me olvido de dónde vengo pero tampoco lo que me costó llegar acá y todo lo que conseguí en los últimos años. Me queda conformarme con ir cada dos años a ver a mi familia y a mis amigos”.

La tarde del diez de octubre de dos mil cuatro, Jorge se fue de San Juan con un casete que le habían grabado sus hermanos y sus amigos con las palabras de aliento de todos sus seres queridos, que le deseaban éxitos en el viejo continente. Después de estar una semana en la casa de su tía en Buenos Aires tomó el vuelo en Ezeiza el diecisiete de ese mes a las dos y media de la tarde (era su primera vez en un avión) y llegó a España pasadas las nueve de la mañana para comenzar una nueva vida. Hoy, todavía cargado de sueños, no deja de repetir que quiere “luchar para llegar lo más lejos que pueda en el arbitraje”. Sabe que va por buen camino y que todavía no tiene techo visible. Y… tal vez el sueño que tiene cada noche de dirigir un Barcelona – Real Madrid no está tan lejos como parece, aunque por ahora eso se vea reflejado en el espejo de la utopía.

Jorge hace un alto en el chat del Facebook y me dice que tiene otro sueño, algo que le cruza las vísceras como puñal filoso en esas mismas noches en las que se imagina dirigiendo el clásico del fútbol español, y es nada menos que volver a su tierra: “Cuando voy de vacaciones a San Juan y viajo de vuelta a España, me cuesta mucho decir hasta pronto y saber que durante bastante tiempo no veré a mis seres queridos. Espero poder regresar, pero uno nunca sabe lo caprichoso que puede ser el destino”.




 Pablo Zama

miércoles, 1 de febrero de 2012

Alfredo Avelín: 1927 - 2012



Adiós a un idealista  

Las corporaciones le arrebataron el gobierno hace casi diez años. Ejerció la política y la medicina con una profunda vocación de servicio. El último jueves de enero, a los ochenta y cuatro años, ya no pudo respirar más. Acá, un humilde homenaje y el recuerdo de una explosiva entrevista que me dio en el 2005.               


El jueves veintiséis de enero de dos mil doce, minutos antes de las once de la mañana, murió el hombre y nació la leyenda. Mucho antes de eso, un ventoso lunes cinco de septiembre de dos mil cinco al mediodía, la puerta de la oficina-consultorio que da hacia la sala Ángel Domingo Prado de la Cruzada Renovadora se abría y Don Alfredo Avelín me hacía ingresar al sobrenombre repentino de “Mijo”. Iba a ser una entrevista larga, con un hombre vehemente que transmitía la fuerza de los luchadores en su mirada. Era un apasionado. Ese hombre estaba prácticamente solo, después de la destitución que sufrió en su cargo de gobernador de San Juan durante la dura época económica que se comió al gobierno de la Alianza.   
    
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En mi cabeza idealista de estudiante de comunicación social retumbaban todavía los ecos de la radio en mi habitación, en esas horas tensas y extremadamente largas del martes veinticuatro de septiembre de dos mil dos. La Comisión Investigadora, conjuntamente con la Sala Acusadora actuante en el juicio político en la Cámara de Diputados de la provincia, decidía destituir al gobernador Alfredo Avelín. Los cargos eran: mal desempeño de los deberes de funcionario público y falta de pago y no giro de fondos a los diferentes estamentos de la administración pública. Esa había sido la quinta intención de juicio político que hubo contra el primer mandatario sanjuanino y, en este último caso, presentado el miércoles siete de agosto por la mesa intersindical estatal. La presidente de la comisión investigadora, Nélida Monserrat (del partido Bloquista), daba a conocer esa noche la resolución y quedaba concluido, según Avelín, "el asalto al poder". 

Don Alfredo recibió, en su oficina de Casa de Gobierno, y de manos del secretario legislativo Carlos Federico Fabris, la resolución de la Cámara de Diputados. El gobernador rompió en varios pedazos el papel y salió en auto por calle Paula Albarracín de Sarmiento, tomó por avenida Libertador y se fue rumbo a su casa de avenida Córdoba.

Tres años después encontré en la biblioteca de uno de los mejores amigos de Avelín, mi abuelo y gran periodista Emilio Biltes, un poema del ex gobernador: "Sin darme cuenta, me arrodillé para rezar; /  y recé con el alma, aquella noche. / ¡Noche larga de fatiga, dolor y tempestad!".

En la oscuridad del veinticuatro de septiembre de dos mil dos, una voz que no recuerdo nítidamente indicaba en la radio de mi habitación que Alfredo Avelín llegaba al domicilio de avenida Córdoba doscientos treinta y seis oeste y pude escuchar el "Argentina, Argentina" que gritaban sus simpatizantes y la arenga de: “El Turco no se va”. La voz de la radio decía que el médico saludó con lágrimas en los ojos y entró a su casa. Ya no era gobernador. En ese instante supe que la política es un juego peligroso.

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El ventoso cinco de septiembre de dos mil cinco la puerta de la oficina-consultorio de la sede de la Cruzada Renovadora, que sólo conservaba el ruido del recuerdo de la época del gobierno aliancista, se abrió. De chaqueta blanca desabotonada, Don Alfredo, mate en mano, me hizo pasar.    

Avelín, vehemente, directo, empezó por el juicio político: "Como arruiné el negocio de estos piratas degradantes de las instituciones y de la provincia de San Juan, entonces me inventaron el juicio político, porque el juicio político fue un invento de estos tramposos y fulleros de la política que indudablemente no perdonan que haya hombres decentes, correctos, honestos, con honor argentino. Y como ellos creían que había renunciado… yo no renuncié, les rompí en la cara la resolución de la Cámara y se los tiré prácticamente en las narices. Me fui como entré, con la frente alta, con el respeto de todo San Juan y, por supuesto, la historia juzgará el día de mañana a estos traficantes de la política, verdaderos traidores de la causa nacional".

Zama - En su libro La Bisagra de la Verdad, se refiere al juicio político como "un asalto al poder provocado por vulgares traficantes del dolor nacional y de nobles y justas esperanzas populares". ¿A quiénes se refiere puntualmente?

Dr. Avelín - Y a todos los que están ahora gobernando, directamente. No hay mucho que señalar... -risa nerviosa-.

Zama - ¿Cree que el hecho de haberle bajado el presupuesto al Poder Legislativo, al Judicial y reducirle también un diez por ciento el plus salarial al Poder Ejecutivo fueron los motivos de la gestación del juicio?

Dr. Avelín - Y bueno, eso por un lado, por el otro el asunto de la minería y también porque no quise firmar los catorce puntos de esa subversión económica que significaba comprar empresas por dos pesos y dar ley de quiebra. Fui el único gobernador que se opuso al Fondo Monetario Internacional, o sea, todo se relacionó. Hay que cortarles las manos a estos delincuentes económicos y decirle no a esta minería tramposa y, por supuesto, a los catorces puntos.

Zama - ¿Cuál es la relación que tiene con los gremios?, teniendo en cuenta que por ejemplo UDAP en un principio le envió una carta agradeciéndole por el no recorte de sueldo a sus trabajadores y después ellos mismos actuaron en el pedido de juicio político…

Dr. Avelín - Cada uno escribe su historia y cada uno es responsable de su conciencia al final de la vida.

Zama - ¿Cuál es la relación, si es que la tiene, con Wbaldino Acosta?

Dr. Avelín - No lo he visto más.

Zama - ¿Está dolido por...

Dr. Avelín - -Interrumpe y un tanto molesto contesta- No, no, no. No lo he visto más, cada uno tiene su conciencia... No lo he visto más.

Zama - ¿Y con Eduardo Duhalde?, porque a él y a José Luis Gioja los acusó en su momento de "asalto al poder" y de haberle frenado las partidas presupuestarias para pagar los sueldos de la administración pública... 

Dr. Avelín - ¡Por supuesto! Si eso está escrito, está dicho.

Zama - ¿Actualmente se siente censurado?

Dr. Avelín - ¿En qué sentido censurado?

Zama - En los medios de comunicación.

Dr. Avelín - Por supuesto que sí. No digo todos, pero en la gran mayoría.

Zama - El año pasado en una entrevista en Radio Vida le preguntaban cómo veía el gobierno de Gioja y dijo que de Al Capone no hablaba. ¿Cuál...

Dr. Avelín - -Interrumpe la pregunta y eufórico dice- ¡Sí, por supuesto, Al Capone! Mientras no me aclare lo de las coimas en el Senado seguirá siendo un Al Capone, directamente, y quiero tener un debate frente a frente con el señor Gioja, para que hable todo de mí y yo hablaré de él y vamos a ver qué pasa, y que el juicio lo haga el pueblo. Si tiene coraje, valentía y tiene la verdad lo va a aceptar. Él sabe bien que tiene mucho que decir.

Zama - Le pidió varias audiencias al presidente de la nación, Néstor Kirchner, que quedaron fallidas…

Dr. Avelín - ¡Por supuesto!, quería hablar con él y no me contestó, tres veces le pedí conversar. El presidente de la república es el presidente de un partido político nada más, no es un estadista, es un hombre que está en sus negocios y en sus cosas. Y él me conoce perfectamente bien, sabe lo que defiendo.

Zama - ¿Kirchner fue uno de los principales mentores de la privatización de YPF?

Dr. Avelín - Sí, esta es una política de negocios y yo en eso no estoy. YPF significa la palanca más importante para el desarrollo del país, es la única nación del mundo que ha entregado los hidrocarburos. Quienes están ahora en el poder también entregaron el Banco Hipotecario y la AFJP, para que haya 60 mil millones de pesos en manos privadas, en cinco bancos internacionales, cuando es el país el que debe tener la garantía para los jubilados de la patria. ¿Sabe cuánto han cobrado en comisiones estas AFJP?: ocho mil millones de pesos.

Zama - ¿Este gobierno es mejor que el de Carlos Menem?

Dr. Avelín - Son iguales, son lo mismo, nada más que tienen diferentes características. Pero son ladrones públicos, póngalo y fuerte: ladrones públicos, directamente, y que se enojen y quiero que me hagan juicio y que me metan preso encima. Pero voy a seguir diciendo: ¡ladrones públicos!

Zama - Otro de sus libros, Hielos Continentales Patagónicos - la Historia nos Juzgará, fue citado en muchos medios y en páginas de Internet. ¿Lo han llamado después para charlar sobre este tema?

Dr. Avelín - He dado trescientas conferencias con respecto a esto en todo el país. Tengo los mapas, tengo las comprobaciones, los argumentos y tengo la defensa que hice en el Senado de la Nación, como lo tiene también la doctora Nancy Avelín de Ginestar defendiendo en la Cámara de Diputados.

Zama - En reiteradas oportunidades usted ha pedido audiencia pública por el tema minero. ¿Qué respuestas ha tenido?

Dr. Avelín - Yo les pido una audiencia pública, pero no la aceptan. ¿Por qué no la hacen? Si ellos están tan seguros de lo que están haciendo, ¿por qué no me permiten una audiencia pública grande? ¿Sabe por qué no lo hacen?, porque les arruino el negocio, tanto a los que están prácticamente llevándose la riqueza nuestra como estos gobernantes que realmente están esclavizando a la provincia de San Juan. Estos son criminales que están contaminando el agua, están contaminando el subsuelo, están contaminando la fauna, la flora y, por supuesto, a los seres humanos. Hay que preguntarles por qué la han sacado –a Barrick Gold Corporation- de Montana y de Norteamérica, porque hay leyes en todas partes del mundo en donde el cianuro no se admite para trabajar a cielo abierto.

Alfredo Avelín fue uno de los primeros políticos argentinos en interesarse por la situación del agua del país en las últimas dos décadas. Mientras ejercía la actividad en su banca como senador nacional desde mil novecientos noventa y uno, apoyado por su hija, Nancy Avelín desde la Cámara de Diputados de la Nación, defendió los Hielos Continentales de la Patagonia por la expropiación chilena.

Sus luchas y sus afrentas públicas le fueron tejiendo una imagen de caudillo. Sin pelos en la lengua, hace diez años en una reunión de gobernadores tuvo grandes chispazos con el por entonces ministro de Economía Domingo Cavallo. Delante de todos y por diferencias abismales de entender la política económica argentina, Avelín se despachó con dureza ante el menemista devenido en “salvador” aliancista: “Usted es un caradura. Es un cachafaz. Es el jefe de la mafia. Usted es el culpable de todas las desgracias económicas del país y ahora viene a ser redentor”.

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Aquel ventoso lunes cinco de septiembre de dos mil cinco al mediodía, en la sala Ángel Domingo Prado de la Cruzada Renovadora se conjugaron dos cosas: un cartel que rezaba "Como otras tantas veces… ¡empezaremos de nuevo!" y un hombre de chaquetilla blanca que atendía gratis a sus pacientes. Entonces entendí por qué las lágrimas en aquel martes veinticuatro de septiembre de dos mil dos cuando ingresaba a su casa de avenida Córdoba. En ese momento, mucha gente también debe haber recordado cuando en el Día de la Madre se apostaba afuera del cementerio de la Capital, ya siendo gobernador, y les entregaba personalmente a las mujeres un clavel y un poema suyo, o cuando dejaba un termo grande con mate cocido en el Hospital de Niños Juan Carlos Navarro para que los chicos no esperen en ayunas la atención médica.

Quizás por todo eso la noticia pegó tan duro en un sector de la sociedad el veintiséis de enero de dos mil doce, minutos antes de las once de la mañana. No se había ido sólo un ex gobernador, se había ido un referente del idealismo en la provincia, un hombre que murió como vivió: con la chaqueta blanca puesta como símbolo de servicio. Avelín se fue a los ochenta y cuatro años dejando sus ideas y un importante mensaje de que se puede hacer política sin caer en los negocios (su patrimonio incluía sólo su vivienda, un auto Peugeot modelo noventa y ocho, y una jubilación como médico con cincuenta y ocho años de aportes). Antes de las once de la mañana de ese jueves, Don Alfredo dejó de respirar y toda una provincia lo recordó en su partida. Alguna vez leí que sólo mueren de verdad los que mata el olvido.       



“Repito el pensamiento de lucha de toda mi vida: si se descuida la moral se denigra la fe. Si se descuida el honor se perturba la conciencia. Si se tritura la honra se pulveriza la vida y el alma en su trascendencia”.
 
(Alfredo Avelín, en el libro Querella y Respuestas. Las coimas. Gioja el querellante y la gran mentira)





Pablo Zama

martes, 11 de octubre de 2011

Daniel Martínez, artista de Angaco:


El pintor del pueblo

Vive de lo que gana con la pintura de obras (decorado de viviendas o en la vía pública). Pero su hobby, la veta artística, fue lo que lo hizo famoso en el departamento norteño. Es angaquero por adopción. Pintó los tanques de agua de su barrio para ponerle una sonrisa al lugar. “Siempre trabajé en forma independiente, de eso depende que mi familia coma”, aclara.      
    
 (A MVC, compañera en esta nota)

Fotos: Pablo Zama y gentileza Daniel Martínez.  


“A San Juan no lo cambio por nada”, dice. Las retinas se le pierden tal vez en algún torbellino de recuerdos de su breve paso por Comodoro Rivadavia. Pero al fin y al cabo, esos ojos que miran casi pidiendo permiso para hablar, rodeados de una piel trigueña, de manos ásperas que se entrelazan mientras cuenta su historia –distensión necesaria para minimizar los rastros de timidez-, no dejan de posarse sobre su lugar de silencio apacible, en los alrededores de campos y caballos. Para el hombre dueño de esa mirada huidiza, su tierra es un cuadro, el de su mejor pintura. Daniel Evaristo Martínez Barbosa tiene 53 años. Nació en Las Chacras, Caucete. Aunque desde muy chico vive en Angaco, su lugar para siempre, a 23 kilómetros hacia el norte de la Ciudad Capital de San Juan. Trabaja como pintor de obras (decorado de casas, paredones, espacios públicos, cartelería), pero disfruta con su versión de pintor artístico.   
  
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El personaje. En Villa del Salvador, cabecera del departamento, el leve resplandor que va dejando el sol cuando empieza a desvanecerse por detrás de los cerros del oeste, no apagan las imágenes pintadas por Daniel (en los paredones que dan a alguna plazoleta, en el interior de la Parroquia Nuestra Señora del Carmen, adentro del Concejo Deliberante y en los frentes de algunas casas), que despiertan la sorpresa de quienes pasean por Angaco.

Hay un nombre que se repite en los almacenes, en las calles y en la unión vecinal, casi como el característico ruido de silencio apacible de los pueblos que respiran una velocidad mucho menor a las de las capitales. Consultar sobre este hombre de movimientos ágiles pero tímidos es preguntar por el artista del pueblo. Todos conocen a Daniel Martínez, el pintor hincha de Independiente de Avellaneda y peronista. Indican que para encontrarlo hay que seguir cuatro kilómetros más hasta toparse con la localidad de las Tapias. Hacia allá se traslada la curiosidad periodística. Y en el ingreso al Barrio Presidente Perón ya se puede ver cómo los tanques de las casas sonríen: están pintados los escudos de distintos clubes de fútbol y en todos aparece además la bandera argentina. “Me fui casa por casa y les ofrecí hacerles el escudo de su equipo o lo que quisieran en el tanque, pero siempre les pedía que me dejen pintarles también nuestra bandera, porque estoy orgulloso de ella”, relata. De ciento dieciocho casas que tiene el “Presidente Perón”, Martínez pintó la mitad de los tanques de agua de un vecindario cuya fuerza de trabajo se centra en el área rural (viñedos y olivos): “Les dije que me lo paguen como puedan, porque la mayoría de la gente acá es humilde. Salía del otro trabajo y me iba pintando tanques”.     

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Por ellos. En la casa de Daniel hay ruido de pájaros y juegos de niños. Martín, de cuatro años, le enciende la sonrisa al abuelo que todos los días después de llegar de pintar paredes y carteles se coloca en un rincón del living a hacer catarsis con su hobby: la pintura en óleo y acrílico sobre lienzo o fibrofácil. Al lado de la estufa a leñas decorada con piedras, especialmente tratadas por el dueño de casa para usarlas como adorno, está el tablero con retratos personales y representación de paisajes sanjuaninos con el estilo realista en el que se siente más cómodo. Su esposa, Mabel Pérez, lo mira en silencio cuando explica cómo realiza sus cuadros. Lorena, de quince años, y Jimena, de catorce, buscan en una netbook las imágenes de los trabajos que hizo el padre. Fabiana (veintitrés años), la madre de Martín, no está en la casa en la tarde sabatina.           

“Siempre tuve el apoyo de mis padres en esto”, aclara Daniel, que empezó a pintar a los catorce años cuando hizo un cartel con la cara de Ceferino Namuncurá para un quiosco que llevaba el nombre del beato. La virtud artística le llega por herencia: su madre fue artesana y también tejía con lana que antes teñía al estilo de los huarpes.      

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El creador. Ningún hombre vive porque sí. Y el artista se refugia en laberintos que buscan llegar al entendimiento de la existencia. Daniel lo hace pintando sin parar. Alguna vez trabajó como albañil con su padre hasta que tomó el camino de pintor de obras, para hacer lo que los comunes hacen todo el tiempo: sobrevivir. Aunque su sonrisa llega del placer de ver cómo los vecinos angaqueros lo reconocen por su costado artístico.  

“Cuando iba a segundo o tercer año de la primaria ya hacía dibujos. Tenía más capacidad que  otros chicos para esto, le hacía los trabajos a los niños más grandes”, rememora. Por esos tiempos, en la Escuela Bartolomé Mitre (que quedaba en calles El Plumerillo y Olivera), para el Día de la Bandera o para el recuerdo de la Revolución de Mayo a menudo ganaba los concursos que organizaban los maestros: “Nos daban lápices y acuarelas. Yo era humilde, mis padres no me podían comprar esos materiales, así que usaba lo que me daban en la escuela”.             


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Paseo Comodoro. Daniel se casó a los 24 años y se fue con Mabel a pasear a Comodoro Rivadavia, Chubut. Esa visita se prolongó por dos años. En el sur trabajó en la pintura de cartelería y en el mantenimiento del Hospital Regional. “La gente me empezó a conocer, he pintado en la Coca Cola y en la Pepsi, en carteles grandes, inmensos”, subraya. Pero decidió pegar la vuelta a su tierra: “De Comodoro Rivadavia me vine porque extrañaba mucho y nunca me acostumbré al frío, al viento, a la nieve. Hice muchos amigos allá, hay gente que no quería que me venga. Pero a San Juan no lo cambio por nada –continúa-. Estando lejos aprendí a valorar mucho lo que tengo, porque afuera extrañás hasta al sol, que acá siempre está”.  

En Chubut, Martínez pintaba cerca de veinte murales al mes, todos por encargo, algunos de los cuales eran comprados por gente que se los llevaba hacia el norte del país. El total de cuadros que hizo en Comodoro fueron casi cuatrocientos. “Llegaba de pintar carteles en la ciudad, dormía la siesta, y después me encerraba en una piecita a hacer los cuadros hasta la noche...”    

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La fuerza. Asegura que no se destaca en la pintura de retratos, aunque a veces los hace a pedido. Daniel viaja a algunas zonas alejadas de la capital sanjuanina, saca fotos y después se sienta a recrear el lugar con un grafito. Hay una figura que se repite en sus trabajos: el caballo, símbolo de fuerza y supervivencia en el campo. Además, esa figura presente en sus obras tiene otra razón: es una pintura que tiene mucha salida y hay distintos tipos de público que las demanda. Detrás de ese primer plano, en los cuadros suelen haber viñedos albardoneros, angaqueros, pocitanos o de Ullum. También puede estar la imagen de los tapiales, alamedas o sauzales de Iglesia, o los cactos y cerros vallistos.     

La primera exposición la hizo en noviembre de dos mil seis en la plaza departamental, en las fiestas patronales de la Virgen del Carmen. Esa vez presentó dieciséis obras. A partir de ese día, la gente del área de Cultura del departamento Veinticinco de Mayo lo invita también a exponer cada año en la Fiesta del Carrerito. Por cada cuadro consigue entre cuatrocientos y cuatrocientos cincuenta pesos y eso le sirve de complemento para mantener a la familia.       

-¿Cómo es ese momento en el que se enfrenta al lienzo?   
-Cuando yo pinto me relajo, me hace sentir muy bien. No tengo un taller, pero lo hago en mi casa, más allá del ruido. Escucho a Spinetta, a Charly García o folclore cuyano mientras hago los cuadros.  

-Después de tantos años de trabajo, ¿por qué considera que pinta?
-Siempre digo que pinto porque aproveché esta oportunidad que me dio la vida para hacer lo que me gusta. Desde que era un niño, en la escuela ya me destacaba en esto. Y muchas veces me quedo pensando cuando veo a tantos chicos que tienen un don, una cualidad especial y no la aprovechan...    

El pintor del pueblo angaquero aclara que el trabajo independiente tajea con el filo de la incertidumbre: para el invierno debe guardar algún ahorro, porque la gente prefiere no pintar en esa época y la demanda disminuye. Además, no tiene obra social ni realiza aportes jubilatorios. Pero desde la mañana hasta la noche, Daniel juega una pulseada contra esa falta de certezas, convencido de que, en el momento en que llegue ese leve resplandor que deja el sol antes de desvanecerse en su muerte circular, conseguirá otra victoria cotidiana haciendo lo que le gusta y volviendo a casa para ver la sonrisa de su nieto.           




Pablo Zama