martes, 3 de diciembre de 2013

El forastero sin residencia

Del rugby europeo al violonchelo en la calle 

Sólo da su nombre de pila: se llama Alejandro. En España casi muere por sobredosis, por eso le dio un cambio a su vida. Junto a su novia alemana se convirtió en nómade. Dice que volvió a nacer. Aprendió a tocar el violonchelo y ahora le pone música a las esquinas argentinas y de otros países. "Amo la libertad", dice. (Mirá el video).    


“Las dimensión que tiene tu vida es la dimensión de tu valor. Sin huevos nos vas a ningún lado”. Descalzo sobre el asfalto caliente de fines de noviembre sanjuanino, esquina de Salta e Ignacio de la Roza, una remera del lado del revés para tapar, presumiblemente, la marca de una empresa de transporte, rastas gruesas y barba sin emparejar, Alejandro, exrugbier en Europa, desafía las normales que rigen la sociedad de consumo, que obliga a alcanzar el éxito para existir. Toca el violonchelo en el desconcierto de la calle.

Detrás de la barba y el pelo desprolijo hay un hombre de 30 años compartiendo de memoria partituras de Bach, Suzuki, Mozart. Melodías que son del mundo, más que para salas cerradas a una elite. Artistas callejeros, huérfanos de la estabilidad, felices en el “aquí y ahora”. Caricias de asfalto. Mientras conversa con un pibe del ECO (estacionamiento controlado de la Capital) se anima a ofrecerle inclusive “La danza de los mirlos”, de Pablo Lescano. Termina y sonríe. Nació en San Nicolás, Buenos Aires, pero ya no es de ningún lugar y es de todos a la vez. Nómade por elección, tiene a sus espaldas una historia de bohemia y valentía.

“En Europa casi me muero por sobredosis, ahí decidí cambiar mi vida”. Alejandro era jugador de rugby en España, le pagaban el departamento en donde vivía, la comida y le daban algo de plata para poder mantenerse. “Tenía condiciones para ese deporte, pero tuve muchos vicios”, lamenta. “El club se fundió y empecé a viajar. Anduve por Mallorca, Austria, Suiza y otros lugares”, recuerda mientras recibe monedas de manos adornadas con lujosos relojes que salen anónimas de autos importados. “Todo ese viaje me llevó a ser músico”, subraya.  


Alejado del deporte, volvió a la Argentina y se inscribió en una escuela de arte. Como no había cupo para otros instrumentos y en violonchelo no había muchos alumnos, se decidió por ese instrumento. Hizo dos años y después siguió aprendiendo por Internet y observando a los demás músicos. “Se puede decir que soy autodidacta”, aclara. Se lanzó a “vivir la magia de la calle” después de decidir dejar los vicios que había adquirido en Europa y por las ganas de vivir “la libertad en su máxima expresión, el desapego a lo material”.

Camino a Santiago empezó la mutación. Se desprendió de la comodidad, de la vida material, se arriesgó a vivir como si fuera el último día, todos los días. El Camino de Santiago es una ruta que desde la era medieval representa una de las más populares peregrinaciones en el mundo cristiano, es un paso espiritual ubicado en Santiago de Compostela, España. “Yo soy espiritual, no religioso”, argumenta. En ese camino conoció a su actual compañera, Yvonne, una Alemana que residía en Suiza con todas las necesidades materiales satisfechas. Pero juntos optaron por arrojarse al mundo y a la marea de anónimos que viaja de ciudad en ciudad sin buscar nada más que juntar experiencias y libertad. Ahora son padres de una nena de dos años y un bebé de once meses. “Caminé mil kilómetros sin plata y un diario me hizo una nota. Al día siguiente vi el título: ‘El argentino que sin dinero y sin papeles viaja por Europa’”, ríe y comparte otra de sus frases repentinas: “Rico no es el que más tiene, sino el que menos necesita”.


Alejandro repite que con su nueva vida lo que intenta es no volver a ser un esclavo. “El sistema funciona tan bien que convierte a la gente en un rebaño y si no hacés lo mismo que los demás, te condena al ostracismo”. Aunque dice que algún día volverá a jugar al rugby, sabe que ya nunca podrá volver a ser como antes, los ideales son otros y su ética no se ciñe con la plata y el éxito tal cual lo impone el capitalismo. “Siento que nací dos veces y que ahora pasé a ser el actor principal de mi vida”, se enorgullece. Está a cuatro cuadras del Auditorio Juan Victoria, uno de los más valorados de Sudamérica, pero toca el violonchelo en las esquinas por donde pasan primaveras de caras alegres, tristes, cansadas. Una comunión de arte y terapia dentro de los dos autoritarios minutos en los que tarda la suerte en pasar de rojo a verde. 

“No existen las verdades absolutas, sino las relativas. Pero yo sigo aferrado a mi corazón, fuerte en mis convicciones”. El hombre de rastas junta las monedas, mira el reloj, las siete y media de la tarde, seguro que junto a su familia cenará en la casa de un nuevo amigo que hizo en San Juan, dueño de un servicio de lunch, a quien aconsejó para que logre salvar su matrimonio. En pocos días viajarán a Mendoza y después a Chile, en ese recorrido incesante por la vida. En San Nicolás lo esperan sin fecha: sus padres -sorprendidos al principio- ya aceptaron el nuevo estilo de vida de ese joven que tenía gustos burgueses y se fue cuatro años a jugar al rugby a Europa.


Frenan los últimos autos. El sonido grave del arco sobre las cuerdas saca sonrisas y miradas sorprendidas. Le tocan bocina y él saluda con la mano izquierda en alto. Alejandro se reconoce como una “persona pública” dentro del anonimato callejero y sabe que “la calle, como la vida, te da y te quita”. Pero rige sus horas despierto bajo una premisa ghandiana: “Trato de vivir como si fuera a morir mañana y trato de aprender como si fuera a vivir para siempre”. 

Pablo Zama

jueves, 3 de enero de 2013

Juan José Russo, un ejemplo



Cuando las barreras 
son una metáfora

Juanjo tiene paralizada la mitad del cuerpo por una malformación congénita, lo operaron quince veces en la columna. Pero dice que las limitaciones de las personas están en la mente. Trabaja en prensa del Ministerio de Desarrollo Humano y los fines de semana va a la cancha a ver a su querido Verdinegro. Se hizo famoso cuando fue parte de un video en la previa de Boca vs. San Martín para la TV Pública. El dolor por la discriminación de un profesor en la secundaria.




“En la calle actúo como alguien normal y la gente me ve como uno más, como uno que camina”. Anoto, pávido, la frase y Juanjo sonríe con sonrisa de esperanza, una mueca caprichosa de no rendirse jamás. “Como uno que camina”. Me cruje el alma. Antes de acostarse, cuando el día muere entre sueños y escombros de lo que no se pudo, mira la camiseta de San Martín y le promete amor eterno. A las siete y media de la mañana despierta el día laboral. Juanjo llega al área de prensa del Ministerio de Desarrollo Humano, en donde dice que se mueve “como pez en el agua”, y empieza a chequear mails, mira noticias por tv, lee los diarios y diseña comunicados para los medios de San Juan. Padece de mielomeningocele de grado dos, una malformación congénita que se origina en las primeras semanas de gestación. Pero para ese joven de veintiocho años “las limitaciones están en la mente de cada uno”.
   
Detrás de cada día, todos los días, su historia: en mil novecientos noventa y nueve pasó todo el año prácticamente acostado después de una operación en la columna. A la escuela lo llevaban en una silla de ruedas a cuarenta y cinco grados, igual que el reclinado de los asientos de los colectivos de larga distancia, así estudiaba. Su mamá, Nancy Grazziani, dice orgullosa que “no se llevó ninguna materia ese año”. Sobre el anotador la lapicera pesa y la tinta se escurre de asombro, como queriendo salirse de la hoja: Juanjo pasó por quince operaciones (cinco de ellas fueron apenas nació, subrayo). Juan José Russo habla, anoto con lapicera firme: “Tengo la columna desviada y parálisis de medio cuerpo, es decir, de los miembros inferiores. Además tengo una válvula en la cabeza, que se llama válvula de derivación, eso permite que el líquido encefalorraquídeo llegue a mi cabeza”.

Discriminación. “Tenía diecisiete años, estaba en el contexto de una clase de Educación Física, me acuerdo  como si fuera ayer, era un sábado en la mañana” –no lo cuenta con resentimiento, en su voz hay, de todos modos, residuos de dolor- “En el colegio me llevaban unos compañeros, se trabó la silla de ruedas y me caí. Mi profesor no estaba cerca en ese momento, estaba en otra punta del playón. Cuando llegó no me sentí cómodo con la respuesta que me brindó, porque yo me había lastimado un poco la mano. Me dijo ‘¿sabés las veces que me he caído yo?’, le restó importancia. Eso me costó tener que irme del colegio al que yo había concurrido desde jardín, porque me sentí mal, no me sentí contenido. Los docentes, además de enseñar, están para cuidar a sus alumnos y este señor no me cuidó”.


Límites. Las barreras son una metáfora. “En la niñez, entre las cosas más duras que me tocó vivir está este problema que tengo que me priva de muchas cosas, como caminar o jugar al fútbol. Mi sueño era ser futbolista”. Pausa. La tinta es más espesa sobre el papel caliente. Juanjo se redime: “Pero ahora analizo bastante bien lo que tengo. No por estar así pierdo mi capacidad de pensar o hacer cosas por mí mismo. Hago todo lo que hace un ser humano que no tiene problemas físicos: hablo, como, duermo, pienso, tomo decisiones”. La limitación está en la mente de las personas, seguir adelante es el capricho de los que no se permiten la derrota. “Estudiar inglés tres años es un límite que pude pasar, creí que no lo iba a poder aprender. Eso fue importante porque me sirve ahora para comunicarme con gente de otros países en mi trabajo”.


Realizado. El diez de abril del dos mil ocho, cuando entré al Ministerio de Desarrollo Humano pensé ‘tengo mi vida completa’. Era lo que me faltaba, trabajar en un ámbito fuera del estudio, porque el estudio me abrumaba un poco. A partir de ahí hice un click. Entrar al Centro Cívico me cambió totalmente la vida”. Con su madre le habían pedido una audiencia al ministro Daniel Molina: “Cuando salió de su oficina me miró y dijo que se estaba acordando de mí. Nos hizo pasar y me preguntó qué sabía hacer. Le dije que tengo buena ortografía, que sé redactar. Entonces me pidió que fuera a la oficina de prensa porque me iban a tomar los datos. Ya hace cuatro años que estoy trabajando ahí, muy cómodo y muy contento”.

La adaptación fue satisfactoria gracias a la calidad humana que encontró en su lugar de trabajo. “No me voy a olvidar nunca de cómo me trataron ese día mis compañeros. Me hicieron uno más, a pesar de mi condición física. Este trabajo me hizo crecer como persona y me dio la posibilidad de entrar a un lugar al que yo jamás había previsto”. Las barreras son metáforas.

Voy con vos. “Del ascenso del dos mil siete -a Primera, el sábado dieciséis de junio- me acuerdo que llegué con mi hermano y mi vieja a la cancha. Recuerdo los papelitos en el aire, la gente saltando. Se me puso la piel de gallina”. Gol del ascenso, sudor y lágrimas. “No vi a –Luis- Tonelotto, vi la pelota volando nomás, esa es la única imagen que tengo del gol. Después fue todo festejo. Me abracé con mi hermano y en un momento se me corrieron las lágrimas”. Hincha de San Martín desde la adolescencia (su silla de ruedas es verde y negra por un gusto que le dio su madre), lo llamaron de Fútbol para Todos, de la TV Pública, para grabar un video en el estadio Hilario Sánchez Rodríguez. La filmación salió al aire el domingo treinta de setiembre del año pasado en la previa del partido en que Boca y el equipo de Concepción empataron uno a uno en La Bombonera (ver video):


Reescribo en el anotador la palabra sueño y la resalto. Juan José cumplió el anhelo de recorrer dos veces el césped del Hilario, le falta otro por cumplir: ingresar a la popular junto a La Banda del Pueblo Viejo. Pero escribo que cuenta con un privilegio que muchos hinchas quisieran tener: antes de cada partido, los jugadores que van al banco de suplentes –y en su momento también lo hacía el DT Daniel Garnero- van hasta el alambrado que separa el césped de la Platea Oeste y lo saludan. Es una de las cábalas verdinegras.




¿Un ídolo en la vida? Juanjo pregunta si pueden ser dos y con ojos seguros y agradecidos busca la figura de sus padres, Alfredo Russo y Nancy. “Los ídolos de mi vida son mis viejos porque siempre están atentos para saber si necesito algo. Son los que estuvieron y están siempre”. Sus padres vivieron con él durante dos años en Buenos Aires por una operación grande que le hicieron y durante diez recorrieron los más de  mil kilómetros que separan a San Juan de Capital Federal para que lo atiendan los médicos. Sus hermanos Gabriela, Daniel y Pedro también fueron sus ángeles guardianes en la niñez y ahora son sus compinches. “Una de las tantas veces que fui a Buenos Aires para hacerme atender, me llevaron a unos juegos para personas con discapacidad. Mi mamá y mi hermana eran mi hinchada, competí y coseché dos segundos puestos. Esas son experiencias lindas. Mi familia siempre me apoyó mucho”.


En el margen de la última hoja rayada decido dejar algunas anotaciones finales: escribo que es viernes y que por la tarde Juanjo se va a ir a conversar con sus amigos de un gimnasio ubicado cerca de su casa y hasta se animará a usar algunas máquinas, como es su costumbre. Pongo que el sábado tal vez lo inviten a un boliche por otro cumpleaños y regresará con una sonrisa y empapado por la espuma. Imagino que en la siesta del domingo, antes de prepararse para ir a ver jugar al Verdinegro, seguro que anhelará poder terminar los estudios -que empezó pero abandonó- sobre periodismo deportivo y emular a Tití Fernández o a Marcelo Benedetto siendo la voz desde el campo de juego. Dejo un lugar para el lunes, porque muy temprano regresará al Centro Cívico y reirá al teléfono con ese periodista que lo aprecia como a un amigo y que le dice “fantasmita, ¿cómo andás?”, a quien no quiere “quemar” en la nota. También recibirá los elogios de algunas personas a las que atiende en el ministerio y que lo hacen dar cuenta de que está “en el camino correcto y ayudando a la gente para que pueda solucionar sus problemas sociales”. Anoto que el entrevistado me acaba de decir con voz firme y a modo de consejo que “de nada sirve quejarse sin intentar”. Entonces entiendo que las barreras esta vez son una metáfora cuando imagino a Juanjo enseñarle a Julián, su ahijado de seis años, que para caminar bien en la vida sólo hace falta vencer los límites de la mente.  




Pablo Zama

martes, 7 de agosto de 2012

Gonzalo Tellechea:



Correr por la memoria de papá: la otra historia detrás del deportista

Se convirtió en el tercer triatleta argentino en la historia en competir en los Juegos Olímpicos. Hijo de un desaparecido en democracia (año dos mil cuatro), nunca bajó los brazos. Acá, la entrevista que le brindó al autor de este blog en el dos mil nueve:“A la justicia y al poder político no le conviene que a nivel nacional se sepa de esta desaparición forzada. Pero yo ya no voy a tener más a mi padre”.   

Nueve y veintiún minutos de la mañana, hora argentina. Martes siete de agosto de dos mil doce. Hyde Park, Londres, Inglaterra. Gonzalo (veintiséis años) cruza la meta soñada (puesto treinta y ocho - una hora, cincuentaiún minutos, siete segundos), la mirada cansada, algo húmeda por el sopor del verano europeo. Mira más allá, al recuerdo que todavía lacera. Sabe que ha llevado el apellido Tellechea muy lejos. Eso tal vez alivie un poco la herida que sabe que no va a suturar jamás. Gonzalo sonríe. Es el único sanjuanino en la historia, y el tercer argentino, en llegar a los Juegos Olímpicos en la especialidad de triatlón. Pero Gonzalo es además hijo de un desaparecido en democracia. La carátula de la causa es “desaparición forzada”. A Raúl se lo tragó la tierra hace casi ocho años.

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En setiembre de dos mil nueve, un pibe flaco, de estatura mediana, pero con la mirada firme espera sentado en una estación de servicio cercana a Urquiza y Libertador, en el calor primaveral de San Juan. Para ese entonces ya tiene el sueño de ser atleta olímpico, pero lo ve muy lejos. Dejó la alta competencia durante cuatro años y se hizo profesor de educación física, mientras en su mente trataba de armar ese rompecabezas que se deshizo una noche también de setiembre. Gonzalo Tellechea se levanta de su silla y le da un fuerte apretón de mano al periodista, a quien no conoce, pero lo atiende como si fuera casi un amigo.

“El lunes veintisiete de setiembre de dos mil cuatro mi viejo tiene una reunión con los directivos de la Mutual de la Universidad Nacional de San Juan, en donde hubo algunas discusiones. Ese mismo día, después de la reunión,se va a cenar a la casa de su pareja y tipo doce y media –ya en martes veintiocho- sale hacia su departamento, en bicicleta. Después de esa noche no se supo absolutamente más nada de él…”. La voz es tiesa, Gonzalo busca detalles en el recuerdo de ese día que quedó como vacío intenso y eterno.

El joven de, por ese entonces, veintitrés años que ya retomó sus entrenamientos, que se levanta a las cinco de la mañana para afrontar cada jornada y que en diciembre va a ser declarado como “el deportista del año dos mil nueve” en la provincia, aclara: “El único lugar de conflicto en la vida de mi papá era la Mutual de la universidad, su lugar de trabajo”. ¿Conflicto por qué? “Porque ya se quería ir, no le gustaba, se sentía incómodo, quería cambiar de trabajo”.


Raúl Félix Tellechea tenía cincuenta y cinco años,era ingeniero electromecánico, separado, padre de cuatro hijos y trabajaba liquidando sueldos en la mutual, inclusive hacía programas para empresas de liquidación de sueldos. Su familia lo empieza a buscar porque teme que se haya descompensado por su condición de diabético. “Pero al poco tiempo nos enteramos de esa reunión y a mi viejo lo denuncian por supuesta falsificación de planillas, por cobrar sobresueldos por un monto de alrededor de diez mil pesos… Quienes lo denunciaban eran sus compañeros de trabajo, que sabían que nosotros lo estábamos buscando porque era  insulinodependiente. Ellos pusieron énfasis en hacer pública la acusación y ahí ya nos empezamos a dar cuenta por dónde venía la cuestión –continúa Gonzalo-. Para mí eso fue una maniobra macabra para desviar la investigación porque, esas mismas personas después fueron denunciadas por administración fraudulenta. Pasado un tiempo, por una cuestión terminológica, no los enjuiciaron. Y a los tres años logramos que se le haga el sobreseimiento a mí papá. Entonces está claro que quisieron desviar la investigación, no investigar una desaparición forzada, sino a una persona que supuestamente se había ido con plata”.

En un principio el caso Tellechea tenía la carátula de “búsqueda de paradero”. Pero a los cuatro años la justicia sanjuanina la cambió. “O sea que la justicia hoy no sólo dice que mi papá es inocente sino que los que lo denunciaron siguen vinculados a su desaparición. A mi papá lo hicieron desaparecer y ahora lo que se busca es quién lo hizo desaparecer” -dice Gonzalo- “Creo que una de las trabas que ha habido es porque hay gente relacionada con el poder y no permiten que se mueva la causa”.

-¿Te parece que tu papá supo algo que no debía saber?

-Y sí... no sabemos exactamente. Pero que él sepa todo sobre la Mutual, con la comisión que estaba en ese entonces y que esa comisión después fuera denunciada por los afiliados por faltante de plata, es claro creo que se enteró de algo. En esa reunión es muy posible que él no haya aceptado vaya a saber qué cosa… En ese sentido él era muy recto. A los cincuenta y cinco años andaba en bicicleta, nunca tuvo interés económico en su vida. Lo poco que tenía me lo daba a mí y a mis hermanos para que estudiemos.

-En Radio Sarmiento dijiste que para vos al poder no le conviene que se sepa qué pasó…

-Y obvio, hay personas de esa comisión de la mutual que están relacionadas con el poder político, con el gobierno. Son personas que todavía son investigadas por una denuncia por supuesta estafa y están vinculados a una carátula como una desaparición forzada y es obvio que al poder le juega en contra eso. Una carta de presentación así (a nivel nacional) no le conviene y eso es lo que se tapa. A todos los periodistas que llamaban desde Buenos Aires preguntando a la policía por este caso les decían que se trataba de un ingeniero que se había ido con plata. Era la hipótesis que le convenía manejar a la policía para no hacerse cargo de una desaparición forzada.

-¿Decían eso al poco tiempo de la desaparición de Raúl o todavía lo siguen diciendo?

-No sé si siguen hablando. Después de eso los periodistas no siguen dando vueltas, pasan a otra causa. Nosotros hemos hecho muchas cosas a nivel nacional: a mi hermana (Mariana) la han ido a filmar a su casa en Buenos Aires, le han hecho notas que después no salen. 

-¿Medios importantes de Capital Federal?

-Sí, medios importantes. Entonces es obvio que hay un freno. Hay periodistas respetados también, de los que uno dice ‘este no está con nadie, se la juega’, pero tampoco… Obviamente que se han encargado de tapar y se han encargado de insertar una versión a nivel nacional que no es cierta. No van a decir que hay una desaparición forzada en San Juan, sólo se menciona lo que pasó con Julio López.

-¿En estos cinco años sentís que han tratado de callarlos?

-A mis hermanos les hicieron una querella, gente de la mutual, por injurias y calumnias porque los hacen responsables de la desaparición. Nosotros planteamos la hipótesis más fuerte, es sentido común, el que no lo quiere ver es porque vive en otro planeta o vive engañado. Pero a mi viejo es muy probable que lo hayan hecho desaparecer para que no hable de nada, no diga nada y listo.

-¿En algún momento pensaron que el incendio que hubo en el Rectorado podía tener relación con lo de tu papá?

-Se dijo en ese momento que podía tener relación, pero nos pareció que había sido a destiempo y mi papá no estaba muy relacionado con el Rectorado. También se dio el caso de un hombre que fue el único procesado por la causa: (Nelson Sebastián) Cortez Páez. Después fue liberado porque existía una doble figura: no podía ser que él estuviera procesado vinculado a la desaparición de mi papá y por otro lado mi  viejo tenía pedido de captura. Pero ahora que mi papá no tiene pedido de captura y es inocente, creo que ese hombre vuelve a tomar importancia.
  
-¿Cortez Páez es la persona que dice saber lo que pasó, pero que después fue considerado un mitómano?

-Él dio una versión muy real. Lo llamó a mi hermano y le contó una historia. Pero se escapó. Después dieron con él y lo detuvieron. Al principio decía que no había hablado con mi hermano. Se hicieron las escuchas telefónicas y sí lo había llamado. Se hizo el careo y decía que no conocía a mi hermano. Hicieron un peritaje y supuestamente era mitómano. Pero a esa persona yo creo que se la tiene que volver a indagar. Son las pocas cosas que hay y si la justicia quiere llegar a la verdad debería agotar instancias.

-¿Te parece que mucha gente tiene miedo de participar de las marchas en San Juan?

-La gente en general apoya a su manera. Pero a veces tiene miedo de ir a las marchas o es muy reacia a participar. Es medio individualista y cree que está segura en la casa. Y al contrario, yo creo que la forma de estar seguro es salir a reclamar. Si mi papá sabía algo y no lo hizo público es uno de los motivos por los que puede haber desaparecido. Nuestro análisis va más allá de la resolución del caso. Yo les digo: yo no voy a tener más padre, ya no lo voy a volver a ver más, pero por una convicción propia, por amor y principios voy a seguir hasta el final de esto. Si no se solucionan los casos van a seguir habiendo desaparecidos en San Juan. Hay gente que no se da cuenta de que si esto vuelve a pasar puede ser a cualquiera al que le toque.

-¿Has sentido miedo en algún momento, con las marchas y con las declaraciones que hicieron con tus hermanos?

-No, miedo nunca. ¿De qué voy a tener miedo? La forma de protegerse es hacer público todo y yo estoy seguro de lo que reclamo y creo que es la forma de hacerlo. ¿Miedo?… si me tiene que pasar algo, que me pase, así como me puede pasar a mí le puede pasar a cualquiera. Y yo estoy convencido de esto y no voy a frenar nunca.


-¿Qué cambió en la vida de ustedes después de la desaparición de Raúl?

-La vida cambia. El primer año fue una locura. Ahora hacemos las marchas una vez al año, pero antes las hacíamos una vez por semana. Además salíamos a buscar a mi papá, porque creíamos que podía estar por ahí y pegábamos carteles y estábamos arriba de la policía todo el día. Era una locura. Pero siempre tratamos de seguir con las actividades de cada uno, porque es para lo que nos educaron. A mi papá lo hicieron desaparecer, pero él siempre nos alentó con las cosas de la vida, que debíamos seguir adelante. Claro que ahora no es de forma regular esto, porque cuesta. Pero nunca nos quedamos.

-¿Qué es lo que recordás de tu viejo que te da fuerzas y te ayuda a seguir con tu vida?

-Mi papá era muy dedicado y tenía una entrega total hacia nosotros. Él siempre nos incentivó, nos respetó y nos dio libertad para elegir lo que quisiéramos. Nos encaminó a cada uno en lo que nos gustaba para que lo hiciéramos de la mejor forma que se pueda. A Mariana la alentó con el arte, a Mauricio con las matemáticas, a mí con el deporte y con mi hermano menor siempre fue muy atento, que por ahí es el más afectado por todo esto que pasó porque era muy chico.

El día en que desapareció Raúl Tellechea quedaron todos sus documentos, el celular, los lentes y la insulina con la que se medicaba todos los días. Gonzalo lamenta que pese a eso todavía haya quienes “quieren seguir instalando que se fue” por su propia voluntad. Raúl era reservado, no hablaba sobre su trabajo, pero había dicho que quería dejarlo y para eso tenía nuevos proyectos en la Federación de Ciclismo (fue árbitro durante varios años) y en otros ámbitos. “La lentitud de la justicia desespera. A los tres meses tuvimos que pedir que vayan a ver el departamento de mí papá, porque lo queríamos desalojar. Tres meses y todavía no habían ido ni al departamento... Es obvio que no querían saber nada”, recuerda.

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Pocos días después de esa conversación del año dos mil nueve en una estación de servicio, otra vez fue veintiocho de setiembre y de nuevo, como cada año: gente en la plaza, la calle como pavimento que resiste al olvido y es testigo de otra noche de vacío. El juglar local Daniel Giovenco canta su tonada de viento social: "Raúl no está en la plaza". Punteo y punteo: "Y circo, eso sí, mucho circo". Pero: "Raúl no está en la plaza". Y la noche detiene la hora. Queda esa sensación amarga, ese sabor a lamento en el paladar. Pero no hay respuesta. Y sólo queda un mínimo de esperanza: algún día ganarán los que siempre pierden. Y justo en el inicio de un martes también, con toda una provincia expectante pegada a la TV, Gonzalo Tellechea cruzó la meta soñada, para la que se preparó durante años, a pesar del dolor. Y, como le enseñó Raúl, alzó sus brazos en el Hyde Park de Londres y miró al infinito: papá estuvo ahí, en el grito sordo y cerrado de los aplausos, en el aliento seco de su boca, en la sonrisa de todo San Juan que lo recibirá en caravana una vez más...    



Pablo Zama  

jueves, 7 de junio de 2012

Debate de madrugada



Otra forma de recibir el Día del Periodista   


Marcelo Alcaraz (periodista de El Diario de la República, de San Luis, y co-realizador del ciclo televisivo La Causa Humana) y Pablo Zama (redactor de Canal 5 de San Juan y autor del blog Fisuras de la calle) decidieron festejar su día escribiendo un breve diálogo por chat sobre sus opiniones respecto a la profesión.




-¿Por qué buscar historias? ¿Significa llenar un vacío? ¿Quién las lee?


MARCELO: Creo que un periodista busca una historia porque sabe que condensa todo lo que él necesita para su trabajo. La materia prima está ahí: los datos, el contexto, la interpretación de esos datos. Una historia bien contada traslada la riqueza humana de un hecho noticioso. El periodista está siempre detrás de una noticia, pero en una historia la noticia está desplegada en todas sus facetas. 
Toda historia llena un vacío: el vacío de la historia, que es el vacío del significado humano. No hace mucho decían que era el fin de la historia. A lo mejor el periodismo ayuda a que desterremos ese mito. Estamos llenos de historias y alguien tiene que contarlas. 
Es difícil pensar en quién va a leer eso que uno escribe. Una vez hablaba con una periodista mendocina que además era poeta. Ella decía que le gustaba el camino raro que tomaban sus libros. Que aparecían en la casa menos pensada. O que influían sobre humanos a quienes nunca hubiera conocido. Tal vez, en escala y salvadas las diferencias, una historia periodística tiene el mismo zigzagueo que la vuelve fascinante. 



PABLO: Me parece que también eso está muy ceñido con el perfil personal del periodista, que en esta profesión tiene una importancia especial. El periodista que busca historias es además un aspirante a escritor o sólo usa las herramientas de la literatura tratando de llegar a conocer al otro, que puede también ser él mismo. Contar para informar, dar a conocer el mundo de una persona, representa también cerrar momentos personales, huecos que no son visibles pero están todos los días con el profesional, conviven cada día con él. 



MARCELO: Si, coincido en que hay tipos más propensos a la narración. En cambio otros prefieren el dato despostado. Digamos: como si fueran carniceros prolijos y aplicados. En lo particular, creo que un periodista completa mejor su oficio si busca contar mejor su noticia.



PABLO: (Martín) Caparrós lo dice en un taller para periodistas: los límites entre literatura y periodismo se rompen, porque debe ser así en el estilo para narrar. Y los dos, escritores y periodistas, buscan, en el fondo, conocer al ser humano. 



MARCELO: Eso es interesante: la idea de conocer a otros seres humanos. Si no tenemos eso en la mira, seguro que nos equivocamos de enfoque.





PABLO: Creo que la rutina nos pone palos en las ruedas a veces. La urgencia hace que estrellemos las historias. El enfoque en la urgencia probablemente nos quite perspectiva de la noticia de fondo. 
Eso se da más en los medios radiales y audiovisuales, en donde la prisa es lo preponderante dentro de la competencia con los otros medios.



MARCELO: Sí, lo que me lleva a una pregunta: ¿podemos desdoblar el trabajo periodístico en capas? Digamos en etapas. La de la noticia, la del contexto y la interpretación de la noticia, y la de la narración completa de un hecho noticioso con sus consecuencias.



PABLO: Se puede hacer. Sobre todo en los medios gráficos, en donde se mastican mucho más las notas. Aunque esas etapas las fusiona muchas veces el periodista encargado de cubrir el acontecimiento. Esto es: escribir la noticia pero dándole un marco interpretativo a la vez. El seguimiento de la noticia puede ir revelando un contexto amplio en el que sucedió el acontecimiento también. Pero eso demora y la velocidad es cada vez mayor. Así que el periodista debe adecuarse en la actualidad a pasar de una noticia con su contexto a otra muy diferente en poco tiempo. Da un poco de temor pensar que la capacidad analítica que los medios digitales, por ejemplo, tienen de la realidad se vaya diluyendo a medida que la urgencia de velocidad aumente y la lectura rápida que se le ofrece al público sea la constante. 



MARCELO: Lo que está claro, me parece, es que un buen periodista debería ser capaz de trabajar en todas esas etapas. Eso es muy difícil. Por eso, creo, el oficio le viene mejor a uno con los años. 



PABLO: Es verdad, así como este oficio se digiere en la práctica, se cultiva en la calle y se afinca con los años, las historias también son de la calle, de donde el periodista nunca debe moverse. El trato interpersonal con la fuente. La experiencia no es todo en esta profesión, pero es muy importante. 



MARCELO: Yo creo que la base del periodismo está en la calle, es decir afuera, en donde las cosas pasan. Una historia puede estar en una oficina, pero no en la oficina del periodista. Sería raro que así fuera. Con los años, me doy cuenta de que la calle ayuda mucho. El barrio, el cordón de la vereda, el kiosquero. Uno hace la analogía: con varias coberturas encima, uno entiende que la mejor fuente de información muchas veces es la fuente menos pensada. 



PABLO: Y las mejores fuentes son las que más calle tienen. Siempre me acuerdo que una profesora en la universidad me decía que los taxistas son buena fuente de información. Entonces hablo bastante con ellos y a veces salen notas de esas charlas o el hilo que conduce hacia una noticia. 
Sobre todo cuando uno recién llega a un lugar que no conoce y debe hacer periodismo, se termina aferrando a la calle, es lo natural en cada persona. 





MARCELO: En eso uno está medio formateado a lo (Ryszard) Kapuscinski. Quiero decir: supone que lo esencial no está en los palacios. Lo esencial no termina siendo siempre lo palaciego. En todo caso la noticia puede nacer ahí. Pero esa noticia que nace en un palacio (y lo menciono como símbolo de una estructura de poder) siempre tiene un efecto sobre los humanos y las cosas que están debajo de él. 



PABLO: Bien. Justo a donde iba a ir yo también. La agenda, que tanto nos satura, nos quita algo de naturalidad en el tratamiento de los temas. Porque nos deja poco espacio y tiempo para llegar ahí abajo, adonde repercuten las acciones de los grupos de poder. 
Con el tema de las trabas a las importaciones, por ejemplo, vamos a la fuente formal que nos explica lo complejo del impacto en los mercados. ¿Pero vamos al pequeño comerciante a preguntarle cómo le llega esa decisión política? 



MARCELO: Los grupos o factores de poder existen y por lo visto van a existir por largo rato. Eso no es tan apremiante. Lo apremiante es el tiempo. Es cierto. Pero por eso uno a veces piensa en capas para el tratamiento de la noticia. El asunto consiste en una buena planificación. Ahí el rol central lo tienen las empresas periodísticas. Hasta qué punto son capaces de invertir en esa organización que nos daría más y mejor información.
Es un bajón cuando uno comprende que podría darle otro tratamiento a una noticia, mucho más rico, más íntegro, más humano, y encuentra el obstáculo del tiempo que apremia y la desorganización que pone un freno.



PABLO: Esta bueno ese punto, porque habría que plantearse como periodista si el pensamiento de las empresas en la era de la digitalización es que no van a necesitar tantos recursos humanos. 
Si es así, hay que mostrar que la cantidad y calidad periodística es necesaria y va a seguir siendo muy necesaria por más avances que existan en los recursos de publicación. Esto, si se quieren tratar todas las aristas y las capas de la noticia que vos planteás. Para darle un marco completo al tratamiento de los temas.



MARCELO: El problema es que siempre habrá problemas. Suena tonto, pero no lo es tanto. Lo que la mayoría se olvida es que, así como nosotros sólo queremos hacer periodismo y que nos paguen por ese trabajo, las empresas periodísticas quieren hacer sus negocios. En todo caso, mientras vivamos en este sistema capitalista y a nadie se le ocurra cambiarlo, están en todo su derecho a buscar ganancias. Ponen capital, quieren ganancias. Entonces aparecen las nuevas tecnologías y el fantasma de hacer periodismo sin periodistas. Eso no puede existir. Mejor dicho: las empresas periodísticas que lo intenten van a fracasar. No van a ninguna parte. 
Parte de un mal de esta época es esa voluntad de los poderes públicos y privados de deshumanizar al periodismo.



PABLO: Ahí está el combate que debe ganar el periodista que busca historias entonces.



MARCELO: El periodista es un ser humano. Mientras más formado esté, mejor podrá mirar un hecho noticioso. Para eso habrá que invertir: el Estado en educación, la empresa periodística en capacitación, en salarios, en viajes, en experiencia, en libertad. 
Lo que uno ve ahora es que llegó a la cumbre del poder una idea que ya rondaba en las universidades y academias: que el periodismo es un poder y por lo tanto debe ser regulado.
Eso es loco, porque hay una pequeña confusión en todo eso: el periodismo, en democracia, sirve como mecanismo de control de los poderes públicos y privados. Lo que pasa es que las empresas periodísticas hacen su juego. Pero ese es otro tema: no es un problema del periodismo. Es un problema de las empresas periodísticas y de la sociedad y de los gobiernos que consintieron esas prácticas de las grandes empresas periodísticas. 
Por supuesto que hay mala praxis también. O sea: hay buenos periodistas y malos periodistas. Pero de ahí a meterlos a todos en una misma bolsa y sacarles por eso el derecho a su trabajo, hay un largo y errado camino. 



PABLO: Y, por otro lado, el periodismo queda atrapado en los últimos eslabones de las luchas de poderes. Porque es el verdadero poder económico el que busca controlar las empresas periodísticas.



MARCELO: Todos los poderes quieren dominar al periodismo. Entonces montan sus empresas periodísticas. 
Esto viene del primer periódico argentino: La Gaceta. Hoy justo que cumple años. La Revolución de 1810 quiso su propio multimedio, digamos. Era el boca a boca, un periódico y algún que otro retrato. 



PABLO: Lo que cambió es el fin: ya no es político, de ideas, ahora es económico ese juego. Me la paso escuchando en los medios de comunicación la frase: "Esto es un negocio". 



MARCELO: Sí, en líneas generales es asunto de dinero. Pero también hay una puja cultural y discursiva. La imposición de una mirada sobre el mundo. Una cosmovisión, digamos. Que se parece bastante a una ideología. 



PABLO: La construcción del relato. Lo que está pasando ahora. 




MARCELO: El problema de eso es lo que hablábamos más arriba: ahora están borrados todos los matices. Entonces un periodista que trabaja en Clarín es un esbirro de Héctor Magnetto. Y no necesariamente es así. Ahí tiene razón (Jorge) Lanata, que además sabe de diarios porque fundó dos y fundió uno. Un diario es una organización demasiado compleja como para que un tipo o dos manejen todos los contenidos. Y la diversidad humana que coexiste en una redacción también es demasiado compleja como para simplificarla en la palabra esbirro. 



PABLO: Eliseo Verón hablaba de la construcción del acontecimiento como modo de usar todos los aspectos de un hecho para mostrar la noticia lo más completa posible, con el enfoque que le da el periodista. Pero ahora lo que se construye es el discurso y lo que es grave es cuando se ven intenciones de modificar hasta parte del pasado. 



MARCELO: Los mitos vienen de los griegos y de antes, supongo: esa tentación de construir la historia a medida parece que siempre estuvo en la mente humana. Creo que Kapuscinski decía que contar una historia era una lucha por dar significado a la experiencia. 



PABLO: El tema de la mirada desde afuera de las redacciones es así. Hay creencias de que se bajan líneas duras todo el tiempo sobre determinados temas. Y no es así, eso es desconocer lo que es una redacción de un diario. 



MARCELO: Todos queremos darle significados a la experiencia y eso es legítimo. El problema es cuando uno empieza a deambular por el terreno de la mitología. Lo que pasa es que les debe resultar tentador a muchas personas mirar a las redacciones como salas frías donde alguien les dicta a unos tipos qué es lo que deben escribir. 



PABLO: La línea editorial de cada medio existe. Pero eso no significa que el periodista está privado de todo tipo de libertades, de maneras de contar su noticia, de la forma de titular. 



MARCELO: No somos ingenuos tampoco: hay línea editorial en los medios; hay decisiones editoriales; hay recortes de la realidad porque mostrarla toda no se puede; hay edición de los textos periodísticos; hay enfoques divergentes sobre un hecho y saldrá publicado lo que ordenen los editores o sus superiores. Pero de ahí a atribuirles todos los males de un país o de una provincia a un diario, creo que hay un océano de distancia. 



PABLO: Además, con oficio, el periodista aprende a contar sin caer en la necesidad de llegar al grito que usan los medios alarmistas para decir lo que de todos modos se puede decir sin gritar. 



MARCELO: Para mí es así: la experiencia siempre te vuelve mejor profesional. Con el paso de los años no vas a ser peor. Como mucho, vas a ser igual. Pero nunca peor. Y si aprovechás el tiempo y las experiencias, no hay forma de errarle. 



PABLO: La frase que nos decía Alberto Amato (un gran cronista argentino, ganador del premio Rey de España y del premio de la FNPI) sobre que el periodista tiene todos los días un trabajo que a veces muestra fisuras en donde puede alimentar su ego de pluma rebelde es verdad. No todos los días se puede escribir lo que uno quiere y como quiere, pero se va teniendo, dentro de la estructura de la empresa periodística, algunas posibilidades de darse "gustos". 


MARCELO: En el fondo uno siempre sabe que en cualquier formato, en cualquier medio, en cualquier plataforma, habrá que seguir las mismas prácticas: el rigor, la precisión, la concisión, la claridad y la contrastación de fuentes. Menos que eso no sería periodismo.