jueves, 7 de junio de 2012

Debate de madrugada



Otra forma de recibir el Día del Periodista   


Marcelo Alcaraz (periodista de El Diario de la República, de San Luis, y co-realizador del ciclo televisivo La Causa Humana) y Pablo Zama (redactor de Canal 5 de San Juan y autor del blog Fisuras de la calle) decidieron festejar su día escribiendo un breve diálogo por chat sobre sus opiniones respecto a la profesión.




-¿Por qué buscar historias? ¿Significa llenar un vacío? ¿Quién las lee?


MARCELO: Creo que un periodista busca una historia porque sabe que condensa todo lo que él necesita para su trabajo. La materia prima está ahí: los datos, el contexto, la interpretación de esos datos. Una historia bien contada traslada la riqueza humana de un hecho noticioso. El periodista está siempre detrás de una noticia, pero en una historia la noticia está desplegada en todas sus facetas. 
Toda historia llena un vacío: el vacío de la historia, que es el vacío del significado humano. No hace mucho decían que era el fin de la historia. A lo mejor el periodismo ayuda a que desterremos ese mito. Estamos llenos de historias y alguien tiene que contarlas. 
Es difícil pensar en quién va a leer eso que uno escribe. Una vez hablaba con una periodista mendocina que además era poeta. Ella decía que le gustaba el camino raro que tomaban sus libros. Que aparecían en la casa menos pensada. O que influían sobre humanos a quienes nunca hubiera conocido. Tal vez, en escala y salvadas las diferencias, una historia periodística tiene el mismo zigzagueo que la vuelve fascinante. 



PABLO: Me parece que también eso está muy ceñido con el perfil personal del periodista, que en esta profesión tiene una importancia especial. El periodista que busca historias es además un aspirante a escritor o sólo usa las herramientas de la literatura tratando de llegar a conocer al otro, que puede también ser él mismo. Contar para informar, dar a conocer el mundo de una persona, representa también cerrar momentos personales, huecos que no son visibles pero están todos los días con el profesional, conviven cada día con él. 



MARCELO: Si, coincido en que hay tipos más propensos a la narración. En cambio otros prefieren el dato despostado. Digamos: como si fueran carniceros prolijos y aplicados. En lo particular, creo que un periodista completa mejor su oficio si busca contar mejor su noticia.



PABLO: (Martín) Caparrós lo dice en un taller para periodistas: los límites entre literatura y periodismo se rompen, porque debe ser así en el estilo para narrar. Y los dos, escritores y periodistas, buscan, en el fondo, conocer al ser humano. 



MARCELO: Eso es interesante: la idea de conocer a otros seres humanos. Si no tenemos eso en la mira, seguro que nos equivocamos de enfoque.





PABLO: Creo que la rutina nos pone palos en las ruedas a veces. La urgencia hace que estrellemos las historias. El enfoque en la urgencia probablemente nos quite perspectiva de la noticia de fondo. 
Eso se da más en los medios radiales y audiovisuales, en donde la prisa es lo preponderante dentro de la competencia con los otros medios.



MARCELO: Sí, lo que me lleva a una pregunta: ¿podemos desdoblar el trabajo periodístico en capas? Digamos en etapas. La de la noticia, la del contexto y la interpretación de la noticia, y la de la narración completa de un hecho noticioso con sus consecuencias.



PABLO: Se puede hacer. Sobre todo en los medios gráficos, en donde se mastican mucho más las notas. Aunque esas etapas las fusiona muchas veces el periodista encargado de cubrir el acontecimiento. Esto es: escribir la noticia pero dándole un marco interpretativo a la vez. El seguimiento de la noticia puede ir revelando un contexto amplio en el que sucedió el acontecimiento también. Pero eso demora y la velocidad es cada vez mayor. Así que el periodista debe adecuarse en la actualidad a pasar de una noticia con su contexto a otra muy diferente en poco tiempo. Da un poco de temor pensar que la capacidad analítica que los medios digitales, por ejemplo, tienen de la realidad se vaya diluyendo a medida que la urgencia de velocidad aumente y la lectura rápida que se le ofrece al público sea la constante. 



MARCELO: Lo que está claro, me parece, es que un buen periodista debería ser capaz de trabajar en todas esas etapas. Eso es muy difícil. Por eso, creo, el oficio le viene mejor a uno con los años. 



PABLO: Es verdad, así como este oficio se digiere en la práctica, se cultiva en la calle y se afinca con los años, las historias también son de la calle, de donde el periodista nunca debe moverse. El trato interpersonal con la fuente. La experiencia no es todo en esta profesión, pero es muy importante. 



MARCELO: Yo creo que la base del periodismo está en la calle, es decir afuera, en donde las cosas pasan. Una historia puede estar en una oficina, pero no en la oficina del periodista. Sería raro que así fuera. Con los años, me doy cuenta de que la calle ayuda mucho. El barrio, el cordón de la vereda, el kiosquero. Uno hace la analogía: con varias coberturas encima, uno entiende que la mejor fuente de información muchas veces es la fuente menos pensada. 



PABLO: Y las mejores fuentes son las que más calle tienen. Siempre me acuerdo que una profesora en la universidad me decía que los taxistas son buena fuente de información. Entonces hablo bastante con ellos y a veces salen notas de esas charlas o el hilo que conduce hacia una noticia. 
Sobre todo cuando uno recién llega a un lugar que no conoce y debe hacer periodismo, se termina aferrando a la calle, es lo natural en cada persona. 





MARCELO: En eso uno está medio formateado a lo (Ryszard) Kapuscinski. Quiero decir: supone que lo esencial no está en los palacios. Lo esencial no termina siendo siempre lo palaciego. En todo caso la noticia puede nacer ahí. Pero esa noticia que nace en un palacio (y lo menciono como símbolo de una estructura de poder) siempre tiene un efecto sobre los humanos y las cosas que están debajo de él. 



PABLO: Bien. Justo a donde iba a ir yo también. La agenda, que tanto nos satura, nos quita algo de naturalidad en el tratamiento de los temas. Porque nos deja poco espacio y tiempo para llegar ahí abajo, adonde repercuten las acciones de los grupos de poder. 
Con el tema de las trabas a las importaciones, por ejemplo, vamos a la fuente formal que nos explica lo complejo del impacto en los mercados. ¿Pero vamos al pequeño comerciante a preguntarle cómo le llega esa decisión política? 



MARCELO: Los grupos o factores de poder existen y por lo visto van a existir por largo rato. Eso no es tan apremiante. Lo apremiante es el tiempo. Es cierto. Pero por eso uno a veces piensa en capas para el tratamiento de la noticia. El asunto consiste en una buena planificación. Ahí el rol central lo tienen las empresas periodísticas. Hasta qué punto son capaces de invertir en esa organización que nos daría más y mejor información.
Es un bajón cuando uno comprende que podría darle otro tratamiento a una noticia, mucho más rico, más íntegro, más humano, y encuentra el obstáculo del tiempo que apremia y la desorganización que pone un freno.



PABLO: Esta bueno ese punto, porque habría que plantearse como periodista si el pensamiento de las empresas en la era de la digitalización es que no van a necesitar tantos recursos humanos. 
Si es así, hay que mostrar que la cantidad y calidad periodística es necesaria y va a seguir siendo muy necesaria por más avances que existan en los recursos de publicación. Esto, si se quieren tratar todas las aristas y las capas de la noticia que vos planteás. Para darle un marco completo al tratamiento de los temas.



MARCELO: El problema es que siempre habrá problemas. Suena tonto, pero no lo es tanto. Lo que la mayoría se olvida es que, así como nosotros sólo queremos hacer periodismo y que nos paguen por ese trabajo, las empresas periodísticas quieren hacer sus negocios. En todo caso, mientras vivamos en este sistema capitalista y a nadie se le ocurra cambiarlo, están en todo su derecho a buscar ganancias. Ponen capital, quieren ganancias. Entonces aparecen las nuevas tecnologías y el fantasma de hacer periodismo sin periodistas. Eso no puede existir. Mejor dicho: las empresas periodísticas que lo intenten van a fracasar. No van a ninguna parte. 
Parte de un mal de esta época es esa voluntad de los poderes públicos y privados de deshumanizar al periodismo.



PABLO: Ahí está el combate que debe ganar el periodista que busca historias entonces.



MARCELO: El periodista es un ser humano. Mientras más formado esté, mejor podrá mirar un hecho noticioso. Para eso habrá que invertir: el Estado en educación, la empresa periodística en capacitación, en salarios, en viajes, en experiencia, en libertad. 
Lo que uno ve ahora es que llegó a la cumbre del poder una idea que ya rondaba en las universidades y academias: que el periodismo es un poder y por lo tanto debe ser regulado.
Eso es loco, porque hay una pequeña confusión en todo eso: el periodismo, en democracia, sirve como mecanismo de control de los poderes públicos y privados. Lo que pasa es que las empresas periodísticas hacen su juego. Pero ese es otro tema: no es un problema del periodismo. Es un problema de las empresas periodísticas y de la sociedad y de los gobiernos que consintieron esas prácticas de las grandes empresas periodísticas. 
Por supuesto que hay mala praxis también. O sea: hay buenos periodistas y malos periodistas. Pero de ahí a meterlos a todos en una misma bolsa y sacarles por eso el derecho a su trabajo, hay un largo y errado camino. 



PABLO: Y, por otro lado, el periodismo queda atrapado en los últimos eslabones de las luchas de poderes. Porque es el verdadero poder económico el que busca controlar las empresas periodísticas.



MARCELO: Todos los poderes quieren dominar al periodismo. Entonces montan sus empresas periodísticas. 
Esto viene del primer periódico argentino: La Gaceta. Hoy justo que cumple años. La Revolución de 1810 quiso su propio multimedio, digamos. Era el boca a boca, un periódico y algún que otro retrato. 



PABLO: Lo que cambió es el fin: ya no es político, de ideas, ahora es económico ese juego. Me la paso escuchando en los medios de comunicación la frase: "Esto es un negocio". 



MARCELO: Sí, en líneas generales es asunto de dinero. Pero también hay una puja cultural y discursiva. La imposición de una mirada sobre el mundo. Una cosmovisión, digamos. Que se parece bastante a una ideología. 



PABLO: La construcción del relato. Lo que está pasando ahora. 




MARCELO: El problema de eso es lo que hablábamos más arriba: ahora están borrados todos los matices. Entonces un periodista que trabaja en Clarín es un esbirro de Héctor Magnetto. Y no necesariamente es así. Ahí tiene razón (Jorge) Lanata, que además sabe de diarios porque fundó dos y fundió uno. Un diario es una organización demasiado compleja como para que un tipo o dos manejen todos los contenidos. Y la diversidad humana que coexiste en una redacción también es demasiado compleja como para simplificarla en la palabra esbirro. 



PABLO: Eliseo Verón hablaba de la construcción del acontecimiento como modo de usar todos los aspectos de un hecho para mostrar la noticia lo más completa posible, con el enfoque que le da el periodista. Pero ahora lo que se construye es el discurso y lo que es grave es cuando se ven intenciones de modificar hasta parte del pasado. 



MARCELO: Los mitos vienen de los griegos y de antes, supongo: esa tentación de construir la historia a medida parece que siempre estuvo en la mente humana. Creo que Kapuscinski decía que contar una historia era una lucha por dar significado a la experiencia. 



PABLO: El tema de la mirada desde afuera de las redacciones es así. Hay creencias de que se bajan líneas duras todo el tiempo sobre determinados temas. Y no es así, eso es desconocer lo que es una redacción de un diario. 



MARCELO: Todos queremos darle significados a la experiencia y eso es legítimo. El problema es cuando uno empieza a deambular por el terreno de la mitología. Lo que pasa es que les debe resultar tentador a muchas personas mirar a las redacciones como salas frías donde alguien les dicta a unos tipos qué es lo que deben escribir. 



PABLO: La línea editorial de cada medio existe. Pero eso no significa que el periodista está privado de todo tipo de libertades, de maneras de contar su noticia, de la forma de titular. 



MARCELO: No somos ingenuos tampoco: hay línea editorial en los medios; hay decisiones editoriales; hay recortes de la realidad porque mostrarla toda no se puede; hay edición de los textos periodísticos; hay enfoques divergentes sobre un hecho y saldrá publicado lo que ordenen los editores o sus superiores. Pero de ahí a atribuirles todos los males de un país o de una provincia a un diario, creo que hay un océano de distancia. 



PABLO: Además, con oficio, el periodista aprende a contar sin caer en la necesidad de llegar al grito que usan los medios alarmistas para decir lo que de todos modos se puede decir sin gritar. 



MARCELO: Para mí es así: la experiencia siempre te vuelve mejor profesional. Con el paso de los años no vas a ser peor. Como mucho, vas a ser igual. Pero nunca peor. Y si aprovechás el tiempo y las experiencias, no hay forma de errarle. 



PABLO: La frase que nos decía Alberto Amato (un gran cronista argentino, ganador del premio Rey de España y del premio de la FNPI) sobre que el periodista tiene todos los días un trabajo que a veces muestra fisuras en donde puede alimentar su ego de pluma rebelde es verdad. No todos los días se puede escribir lo que uno quiere y como quiere, pero se va teniendo, dentro de la estructura de la empresa periodística, algunas posibilidades de darse "gustos". 


MARCELO: En el fondo uno siempre sabe que en cualquier formato, en cualquier medio, en cualquier plataforma, habrá que seguir las mismas prácticas: el rigor, la precisión, la concisión, la claridad y la contrastación de fuentes. Menos que eso no sería periodismo.



jueves, 26 de abril de 2012

Caso Celeste Archerito



“Somos presos de la burocracia judicial”

Sebastián, el hermano de la chica de diecinueve años que murió atropellada en agosto del dos mil nueve en Rivadavia, asiste al cumpleaños de la impotencia: hoy el fallo del juez Eduardo Gil sopla su primera velita, pero el condenado está libre. Amargado, el joven dice: “Pareciera que Gustavo Cortez reventó a un perro contra un portón”.




Morocho, flaco, de mirada distante, atraviesa calle Santa Fe hacia el oeste llegando a la intersección con Salta en una bicicleta de carrera. La siesta de otoño que cesó su ruido en el recreo de la rutina que se toma San Juan, me aturde con esa imagen imprevista. El conductor de la bicicleta tiene una condena de tres años y ocho meses de prisión por manejar en estado de ebriedad, subirse a una vereda de calle Comandante Cabot en un Volkswagen Gol plateado y matar a una chica de diecinueve años.

Ese miércoles veintiséis de agosto de dos mil nueve, minutos antes de las nueve de la mañana, María Celeste Archerito iba, como cada día, a trabajar a la veterinaria de su primo. Le envió un mensaje de texto a su novio para que sepa que había llegado bien hasta Rivadavia, pero no pudo reenviárselo a su madre porque el auto la estampilló contra un portón. Gustavo Fabián Cortez, de veintiséis años, goza de la libertad pese a que hoy se cumple un año de la condena que le aplicó el juez Eduardo Gil, del segundo juzgado Correccional de San Juan.  

La imagen me deja perplejo un segundo esa siesta de día martes otoñal, porque tres días antes, micrófono de por medio, un hombre robusto de veintisiete años, barba, corte de pelo al estilo metalero, con la voz a punto de quebrar y la mirada espesa, me decía: “Pareciera como que Cortez reventó a un perro contra un portón”. Pausa. No pide nada en el café y se niega a que le invite algo. El joven que tiene en sus manos una pancarta con la cara de esa linda chica, rubia, alegre, que hace casi tres años dejó de sonreír para siempre, es Sebastián, el hermano compinche de Celeste.


Siete paros cardíacos: Celeste muere en el hospital 

“Cuando paso por el lugar en donde atropellaron a mi hermana cierro los ojos y agacho la cabeza. Siento un dolor inmenso, porque me la imagino tirada, el portón abierto y ese tipo borracho adentro del auto pidiendo que lo auxilien a él y no a Celeste”, cuenta Sebastián.  

Faltaban pocos minutos para las nueve de la mañana del miércoles veintiséis de agosto de dos mil nueve. Remedios Moyano no recibe el mensaje de texto habitual de su hija antes de entrar a trabajar. Entonces empieza a llamarla, pero del otro lado no hay respuesta. “Cuando me llama mi hermana Carolina me voy a Urgencia del Hospital Rawson y la veo a Celeste en la camilla, con toda la ropa destrozada y con los médicos trabajando encima de ella. Mi primo nos cuenta que se la había llevado por delante un ebrio que venía manejando en sentido contrario y que se subió a la vereda”, recuerda. La joven tiene un derrame interno. Los médicos le piden permiso a la familia para operarla. Los cirujanos descubren que el vaso está reventado, el hígado destrozado y un pulmón totalmente cubierto de sangre.

“Sale un médico y nos dice que estaba estable, aunque había tenido algunos paros cardíacos durante la operación –cuenta Archerito-. Pero después lo llaman de urgencia y al rato vuelve y nos dice que por los siete paros Celeste no había sobrevivido”. A las seis y media de la tarde de ese miércoles, la joven profesora de arte escénico y declamación, además estudiante de Administración de Empresas y Contador Público Nacional en la Universidad Nacional de San Juan, dejó de respirar: “Al momento de fallecer tenía un coágulo del tamaño de un puño en la cabeza, las primeras vértebras de la columna y la muñeca quebradas y varios órganos ya no servían”. 

A partir de ahí la vida de los Archerito dio un vuelco inesperado. Llegaron las marchas para pedir justicia y el aprendizaje de toda esa telaraña judicial que desconocían. Para Sebastián todo cambió abruptamente: su hermana más chica se había ido para siempre. 


El laberinto: enrejados 

“¡Tomá por hijo de puta, ahora vas a ir en cana!”, gritó ante las cámaras de televisión cuando los periodistas le preguntaron cuáles eran sus palabras para Gustavo Cortez, a quien sólo nombra como “el asesino de Celeste”. Fue el veintiséis de abril de dos mil once, cuando Sebastián (el tercero de los cuatro hermanos Archerito) por consejo de su madre y del abogado Pablo Flores no presenció el juicio. Esperó afuera de Tribunales el veredicto del juez Eduardo Gil. Cuando le dijeron que el acusado había sido condenado estalló en lágrimas. En ese momento se trataba de un fallo histórico para una provincia acostumbrada a que las penas queden en suspenso en este tipo de casos.

Pero esa euforia iba a ser aplastada pocos días después por las presentaciones de la defensa del sentenciado que retrasaron el cumplimiento efectivo de la condena. Así, Sebastián y su familia empezaron a transitar un laberinto judicial que parece emular a un relato borgiano: es difícil tener certezas sobre la salida del túnel. El desahogo del día del juicio se perdió envuelto en la humareda de papeles e idas y vueltas que hoy entre gallardetes y globos sombríos celebran su primer año.
 
Zama - ¿Se sienten presos, enrejados por esa burocracia judicial?

Archerito - Sí… porque no podemos hacer nada. El Código Penal permite tener todo ese tipo de plazos y de chanteríos que los abogados pueden presentar para que su defendido siga gozando de la libertad.


Inmediatamente después de conocida la sentencia, la defensa de Cortez tuvo el tiempo que otorga la justicia para apelar el fallo (además de los años de cárcel también quedaba inhabilitado por siete años para manejar). El abogado Leonardo Villalba hizo uso de esa instancia pero la pena no fue modificada. “Ellos realizaron otra presentación en diciembre y fue la mayor falta de respeto que tuvieron hacia nosotros. A fines de noviembre ya los habían notificado de que les denegaban el pedido de casación –un recurso para anular una sentencia por considerarla incorrecta en su interpretación o aplicación- y les dieron diez días hábiles para hacer alguna otra presentación”, rememora con impotencia el hermano de Celeste. 

A las once de la mañana del último día de ese plazo, Villalba se presenta en Tribunales y renuncia como abogado defensor. A Gustavo Cortez le otorgan cinco días hábiles más para que presente a otro profesional: Federico Rodríguez. El nuevo defensor a su vez eleva una nota pidiendo una extensión de plazo para interiorizarse del caso y después, llegando a fines de diciembre, Rodríguez presenta una nueva solicitud de casación “con, prácticamente, el mismo argumento que el de Villalba: que su defendido es joven, estudia y trabaja y que no tiene antecedentes policiales…”. Llega la feria judicial y se paraliza el traslado del sentenciado al Instituto Penitenciario Provincial. Pasado ese receso, los integrantes de la Corte de Justicia de San Juan, Adolfo Caballero, Juan Carlos Caballero Vidal y Abel Soria Vega analizan la presentación. Si los magistrados determinan la revisión de la pena, ésta deberá ser argumentada en la Corte Suprema de Justicia de la Nación. Si, en cambio, el pedido de casación no es aceptado, el juez Eduardo Gil deberá mandar a detener al condenado libre.

Pasan los meses y la euforia del joven y su familia por la condena se desvanece entre las sombras que cubren el ocaso de cada día que pasa silencioso clavándoles en el alma aún más el puñal de la impunidad. “Mi hermana todavía no puede descansar en paz”, dice el único hombre de la familia. Su padre murió cuatro años antes que Celeste.


La probation, batalla ganada

Además del veintiséis de agosto de dos mil nueve y del veintiséis de abril del año pasado, para los Archerito otra fecha que pasó a ser importante es el trece de mayo del dos mil diez. Ese día en Tribunales salió la resolución que indicaba que para ese caso no se iba a aplicar la probation, un recurso judicial que permite la excarcelación del condenado a través de la asignación de tareas comunitarias específicas que debería realizar por un tiempo determinado. Eso fue solicitado por el abogado defensor de Gustavo Cortez antes del fallo del doctor Gil.

“Cuando nos enteramos de qué se trataba la probation nos pareció una burla. Entonces desde ese momento empezamos a hacer una vigilia en la puerta de tribunales exigiendo que no se aplicara a los accidentes de tránsito”, explica Sebastián. El joven cuenta además que Cortez hizo una presentación que incluía el pago de una suma de dinero en cuotas y la realización de tareas comunitarias en una escuela. 

Después del reclamo durante cuarenta días de los Archerito junto a otras familias que sufren casos similares, la justicia sanjuanina sacó una resolución en donde especificaba que en las penas en donde exista inhabilitación debe dejarse sin efecto la posibilidad de que el acusado acceda a la probation.

Ya nada será igual

“En estos días hemos estado haciendo salsa de tomate en mi casa y nos acordábamos de mi viejo y de Celeste, porque toda la familia se reunía siempre para eso. Son recuerdos muy dolorosos para nosotros”. Sebastián Archerito dice que el golpe que recibió con la muerte de su hermana menor lo cambió mucho: “Me di cuenta de que nadie tiene comprada la vida, por más plata, por más salud que uno tenga... porque podés ir caminando por la calle y viene un tipo en un auto y te revienta como un perro”.

Después del fallecimiento de su padre, Sebastián pasó a cumplir un rol más importante sobre Celeste. “Es un dolor imposible de borrar porque ella para mí era la hermana con la que tenía más llegada. Era la nena mimada de toda la familia. Hay días en que estoy mal, re pinchado. Pero adelante de mis otras hermanas y de mi vieja capaz que no lo muestro mucho, para protegerlas. Aunque siento eso de no poder desahogarme, de no tener todavía un duelo como corresponde”, confiesa ese joven de veintisiete años de mirada transparente pero endurecida, que asegura que le cuesta muchísimo salir a la calle de noche porque no soporta ver a la gente tomando de más. “A mi hermana la asesinó un borracho. Por eso ahora, por ejemplo, si mis amigos se ponen a tomar, yo directamente me voy a mi casa, no los puedo ver, me cuesta mucho”.  
         
Zama - ¿Seguís creyendo en la Justicia a pesar de todo?

Archerito - Y…  mirá, no me queda otra que creer, que confiar que en algún momento esto va a cerrar y va a haber justicia. 

Zama - ¿En algún momento tuviste miedo de encontrarlo en la calle a Gustavo Cortez y perder el control?

Archerito - Tengo miedo de verlo y no saber medirme. Pero yo no me voy a ensuciar las manos por un tipo como ese. Aunque con todo lo que ha pasado me costaría mucho verlo. Una de mis hermanas lo ha visto y una prima se lo ha encontrado en un boliche comprando un copón de cerveza.

Zama - O sea que sigue tomando…

Archerito - Sí, y a mi prima le sonrió como sobrándola. Porque el tipo tiene el privilegio de gozar de la libertad estando condenado, ¿viste? Además, fíjate en las notas periodísticas con la soberbia con la que se maneja, porque él ya nos ha perdonado, eh?...

Zama - ¿Cómo?, ¿no les pide disculpas sino que los perdona?

Archerito - Claro, después de decir un montón de barbaridades en una nota, aclaró que ya nos ha perdonado y que si su perdón no nos es suficiente todavía tenemos el perdón de Dios, comparándose no sé con quién….

Zama - ¿En todo este tiempo tuvieron algún llamado telefónico o alguna comunicación de la familia Cortez?

Archerito – No, nada. Es más, ni llamados del abogado.


El nueve de marzo Celeste debería haber llegado a sus veintidós años, pero en agosto va a cumplir tres de fallecida y hoy quien la atropelló, hace un año que es un condenado libre.

El caso Archerito con el paso del tiempo se tornó emblemático en San Juan de una cantidad significativa de muertes que existen con el sello de la negligencia en siniestros viales y que aún no tienen a los culpables tras las rejas. Su mamá y sus hermanas Marianela y Carolina junto a Sebastián se unieron a "Los familiares de víctimas de accidentes de tránsito" para crear consciencia y pedir justicia en cada uno de los casos.

Para el hermano de la chica, la herida que se abrió el veintiséis de agosto de dos mil nueve no cerrará jamás: “Lo único que puede suceder es que el dolor se calme un poco nomás, y eso va a pasar cuando vea a Gustavo Cortez entrando al Penal de Chimbas. Eso nos va a permitir cerrar una ventana en todo este tema. Cerrar el libro de esta parte de mi vida y empezar otro, pensando en cómo encaro todo lo que viene a pesar de este dolor”.





Pablo Zama

martes, 3 de abril de 2012

Sanjuaninos en el viejo continente:


Un chimbero, 
árbitro en España



Después de la crisis del dos mil uno, Jorge Montoro perdió su suplencia como maestro y decidió irse de la Argentina. Ahora, en Alicante trabaja en un supermercado y los fines de semana es juez asistente en las ligas de ascenso de aquel país. Dice que dirigir una final en el imponente estadio del Hércules fue como cumplir un sueño. 
  

“Cuando salí al campo de juego, me quedé helado y se me erizó la piel. Soñaba con dirigir en España y me di cuenta que todo se hace realidad si uno quiere y lo busca”. Las letras llegan a borbotones a través del chat del Facebook. Y es en ese momento, que pasa como ráfaga imperceptible frente al teclado, cuando pienso que el fútbol es el leiv motiv de la evasión y el anhelo de llorar lágrimas que no sean de sal. Algo así como el deseo innato del ser humano por ese cuerpo invisible llamado felicidad.

El día en el que la piel se le granuló por la emoción a ese “gringo” nacido muy cerca de la plaza principal de Chimbas jugaban el Hércules B y el Requena CF: él tenía puesto el traje de juez de línea del encuentro. “Miraba el estadio y no podía creerlo, era imponente”, recibo, casi simultáneamente con el sonido de la ventana de conversación, las letras de Jorge Luis Montoro Torres, uno de los argentinos que la crisis de principios de milenio corrió del país y le corrigió la pronunciación de la “s”.  

Jorge carga con las retinas llenas de recuerdos de siestas de potreros y baldíos sanjuaninos, cuarenta grados de pleno enero, el cuero a la intemperie, la remera colgada en algún rincón de la improvisada cancha de tierra seca y polvorienta en el Barrio Chimbas II. Granos milimétricos suspendidos en el aire como esa nostalgia que lo invade ahora cada fin de semana en su departamento europeo y solitario de Gata de Gorgos, en Alicante.

Pero ahora es abrildosmilonce y se mira a un espejo imaginario, en los ojos de papá y mamá, en los de los abuelos que se fueron de viaje al infinito (a través de quienes obtuvo la doble ciudadanía): está vestido de juez de línea en el impecable estadio Rico Pérez, ante unos tres mil hinchas y en un partido de instancia final por el ascenso a la tercera categoría del fútbol español.

Las tribunas rugen de guerra, de paño de colores que se llevan en la piel, en ese espacio inmaterial y sin tiempo que es el alma. Y Jorge habla por el chat y me dice que hay momentos que quedan lejos, como colgando de un péndulo que amenaza con descolgarse: es el aire de la resignación y el eterno abrazo con su madre, María Torres, el apretón de manos con su padre, José Montoro, y los consejos de sus hermanos en esa tarde que fue un antes y un después. El recuerdo del adiós, tras los coletazos que dejó la crisis del gobierno delarruista, la tarde del diez de octubre de dos mil cuatro en la Terminal de Ómnibus de San Juan, para partir después en avión desde Buenos Aires hacia el viejo continente. A sus espaldas, el resplandor de las tardes que se quedaron con sus pies de pibe chimbero que soñaba con jugar en la primera del Atlético Trinidad y más tarde con ser el hombre de negro en partidos del fútbol profesional criollo.



Ecos… parecen quedar impregnados en la ventana de conversación del Face cuando ese tipo de mirada calma y ambiciosa me responde frases desde las vísceras. En febrero cumplió treinta y un años y dice que, pese a que en el dos mil once tuvo su partido más importante dentro de la liga española de fútbol, anhela volver a vivir en su tierra natal. Otra vez me aturde el eco. Y esa mueca de resignación en el semblante en su partida -imagino en este otro extremo del planeta Internet- pasa a ser pómulos rojos en el calor de la ilusión por el regreso.   

La decisión

“Después de recibirme de maestro en el Centro Polivalente de Artes y empezar a ejercer con diecinueve años, me sentía muy bien allá –en San Juan-. Pero tenía suplencia pasiva y con la llegada de la crisis de fines del dos mil uno a la Argentina perdí esa plaza de maestro y empecé a pensar en venirme a Europa”, dice, tal vez ya con la mirada espesa. Ese click definitivo al que refiere se iba a dar un poco más tarde: “Cuando trabajé en una escuela de Chimbas, veía la vida de esos niños, las carencias de sus familias y me di cuenta que ese contexto no era el que yo quería en mi futuro. Además buscaba un trabajo seguro, en el que se respetaran todos los derechos de los empleados; y en el arbitraje no tenía muchas oportunidades”.   

“En el momento en el que dije en mi casa que me iba, no pensaba en lo que dejaba sino en el futuro que iba a buscar. Sabía que mis padres y mis hermanos sentirían mucho mi partida a un lugar que está a doce mil kilómetros. Yo buscaba un porvenir”, recuerda.  

La Europa de esa época no sentía el látigo de la crisis que azota a algunos grupos económicos en la actualidad y provoca despidos, además de congelamiento de sueldos. Muy por el contrario, mientras en la Argentina aparecía la figura absurda del corralito financiero y la demolición de la clase media, en el viejo continente la prosperidad acompañaba a los inmigrantes criollos que arribaban con penas e ilusiones. “En los primeros meses estaba bien, porque a las dos semanas que llegué conseguí trabajo, así que estaba distraído. Recién a los dos años empecé a extrañar”, relata Montoro.   

En Gata de Gorgos lo recibió una prima hermana de su abuelo materno y se quedó en la casa de la familia hasta que pudo alquilar: “Me pude acostumbrar al lugar porque la gente de aquí es muy cordial. Además acá viven muchos cauceteros y me reencontré con personas que me conocían o que trabajaban con mi padre en San Juan”. 
  

A los pocos días de llegar a España, Jorge consiguió trabajo en Juan Fornes Fornes S.A., de la cadena de Supermercados Masymas. Actualmente se desempeña en el almacén central de donde sale el género que abastece a toda la cadena: “Ahí manejo una máquina elevadora con la que muevo palets de mercadería a una cámara de alimentos frescos. También fui flejador y cargué los palets en los camiones. El nivel adquisitivo aquí es diferente que en Argentina porque los precios son diferentes también. Y a veces pienso que en España tengo cosas que en mi país tal vez no podría adquirir”. 

Hombre de negro

Era abrildosmilonce, una leve brisa le desordenaba el pelo en el estadio Rico Pérez del Hércules, que en esa temporada militaba en Primera División. El equipo B del equipo dueño de casa jugaba un partido de ascenso ante el Requena CF y él miraba las tribunas perplejo.            

Pero esa historia se iniciaba más diez años antes: “En San Juan leí en el diario que empezaba el curso para árbitros y me decidí a hacerlo porque soy muy aficionado al fútbol, en la niñez entrené un tiempo en San Martín y después lo hice en las inferiores de Atlético Trinidad. Después de hacer el curso estuve arbitrando durante tres años”. En la provincia, Montoro fue árbitro asistente de cuarta división y de Primera B.

“Los amigos que me dio el arbitraje allá son muchos. Algunos de ellos son Ramón Gordillo, Oscar Tersi, Sergio Urisa, Iván Páez. También el Turco –Eugenio- Yevcin, a quien iba a verlo dirigir cuando hacía el curso porque para mí es un gran árbitro. Ellos muchas veces me daban consejos sobre cómo moverme adentro y afuera de la cancha”, recuerda el radicado en un pueblito de Valencia.    

España, sueño arbitral



Jorge Luis comenzó a hacer el curso para dirigir en Europa en el dos mil seis, en Benidorm, a treinta kilómetros de Gata de Gorgos: “Me encontré con un panorama diferente al de Argentina, porque aquí los chicos empiezan en el arbitraje a los quince años y la forma de rellenar las actas de cada partido es distinta. Además hay convenciones pagadas por la federación en donde nos examinan física y teóricamente para poder subir de categoría. Las clases o charlas las dan árbitros de Primera División del fútbol español”.

El debut como asistente fue en el año dos mil siete en un pueblo llamado Tavernes de la Valldigna, “un lugar en donde el fútbol se vive con intensidad y hay mucha presión”. Campos de juego en los que no existe la división alambrada que separe al público de los jugadores: el chimbero dice que el comportamiento de la gente es muy aceptable. Aunque alguna vez le tocó ser agredido en un partido por el ascenso a la tercera división entre el Cheste y el Burriana. “Si ganaba el Cheste, que era local, pasaba de fase y me tocó anularle un gol en el último minuto, por un fuera de juego”, argumenta. Poco tiempo después, el informador (especie de veedor) del encuentro felicitó al línea sanjuanino por la actuación que tuvo, más allá de que en ese partido el camino de la terna arbitral hacia los vestuarios fue bajo un clima tenso y con agresión de los hinchas (ver video):  


“Sentí que cumplí un sueño cuando la temporada pasada me tocó ir como asistente al partido entre el Hércules B y el Requena en la promoción de ascenso a Tercera División, en un estadio de fútbol increíble. Salí por el túnel al campo de juego para revisar las redes y para conversar con el árbitro principal y cuando miré a mis costados fue algo impresionante aunque no fuera un partido de Primera División”.

Zama - ¿Cómo se te dio la posibilidad de dirigir ese partido?

Montoro - Mi categoría es Primera Regional, ahí tenemos la opción de ser árbitro asistente en preferente, porque luego de la temporada regular vienen los play off, que son las promociones de ascenso a Tercera. A esos partidos van los que mejor temporada han hecho y de quienes se han realizado buenos informes.

Zama - ¿Cómo fue el momento en el que te enteraste de que habías sido elegido para ir al estadio del Hércules?

Montoro - Fui a revisar mi cuenta privada que tengo como árbitro por Internet y allí salía que iba como asistente a ese partido. No podía creerlo. El árbitro que pitaba en ese encuentro ya me había pedido para acompañarlo en todas las promociones, pero no esperaba que se me dé en un partido así. Lo llamé y se lo conté. Después llamé a San Juan y lo compartí con mis padres y mis amigos. Estaba muy contento.

Zama - ¿Saliste a la cancha y con qué te encontraste?

Montoro - Al salir al campo de juego la verdad que me quedé helado, es un estadio imponente. El partido fue muy intenso y con buen fútbol y en la tribuna no me esperaba ver una bandeja casi completa. Cuando miré el periódico al día siguiente salía que habían asistido unas dos mil quinientas personas, que para un partido de promoción de ascenso de preferente a Tercera es mucha gente. Ese día ganó el Hércules B dos a cero, por los cuartos de final.   



Jorge Montoro vive solo, cerca de la casa de su hermana María Isabel, que se fue a España algunos años después que él junto a su cuñado Luis Muñoz y tuvieron un hijo en aquel país. Cada mañana, el chimbero trabaja en el supermercado y en la tarde va al gimnasio o entrena con los árbitros. Cuenta que a los dos años de estar a doce mil kilómetros de Argentina empezó a sufrir el desarraigo: “Extraño mucho la vida que uno tiene en San Juan, nuestras costumbres y los paisajes, pero a veces pensar cómo sería todo si volviera me pone en una situación incómoda, porque no me olvido de dónde vengo pero tampoco lo que me costó llegar acá y todo lo que conseguí en los últimos años. Me queda conformarme con ir cada dos años a ver a mi familia y a mis amigos”.

La tarde del diez de octubre de dos mil cuatro, Jorge se fue de San Juan con un casete que le habían grabado sus hermanos y sus amigos con las palabras de aliento de todos sus seres queridos, que le deseaban éxitos en el viejo continente. Después de estar una semana en la casa de su tía en Buenos Aires tomó el vuelo en Ezeiza el diecisiete de ese mes a las dos y media de la tarde (era su primera vez en un avión) y llegó a España pasadas las nueve de la mañana para comenzar una nueva vida. Hoy, todavía cargado de sueños, no deja de repetir que quiere “luchar para llegar lo más lejos que pueda en el arbitraje”. Sabe que va por buen camino y que todavía no tiene techo visible. Y… tal vez el sueño que tiene cada noche de dirigir un Barcelona – Real Madrid no está tan lejos como parece, aunque por ahora eso se vea reflejado en el espejo de la utopía.

Jorge hace un alto en el chat del Facebook y me dice que tiene otro sueño, algo que le cruza las vísceras como puñal filoso en esas mismas noches en las que se imagina dirigiendo el clásico del fútbol español, y es nada menos que volver a su tierra: “Cuando voy de vacaciones a San Juan y viajo de vuelta a España, me cuesta mucho decir hasta pronto y saber que durante bastante tiempo no veré a mis seres queridos. Espero poder regresar, pero uno nunca sabe lo caprichoso que puede ser el destino”.




 Pablo Zama